Retrato de un burócrata arribista

- 29 de junio de 2017 - 00:00

Era un tipo melifluo y mentiroso. Se aferraba como una garrapata a la gente con poder. Era obsequioso, diligente y oportuno con los jefes. Y villano y arrogante con los demás. A los jefes los sorprendía con serenatas en sus cumpleaños, los invitaba a beber, soplaba el polvo de sus solapas y si era necesario frotaba con su pañuelo los zapatos del mandamás. A la nube de ciudadanos que requerían de sus servicios en la oficina pública los obsequiaba con una sonrisa y una indiferencia glacial por sus necesidades. Si mucho molestaban los hacía esperar largos ratos en enormes colas mientras él se concentraba bajo la luz de su computadora en resolver un crucigrama o jugar un solitario.

Era un encanto de burócrata, la mejor ficha del dominó, siempre útil en manos de la autoridad. Prestaba su firma, su lengua, su espléndida sonrisa a sus superiores y no le importaba, con tal de guardar su trabajo, inventar una calumnia o callar una verdad. Todo por sus hijos, su familia y su credo religioso. Todo por todo o quizá por nada. Y la primera vez que echaron del empleo a su mejor amiga por su delación solo intentó hacerse el desentendido y ahogarse entre papeles, no fuera que vaya a delatarse cuando compungido le dijera adiós.

Después el jefe se enteró ‘casualmente’ de lo que hablaban los secretarios en la oficina y uno a uno fueron saliendo con su carta de despido; y él ni se inmutó. Servil y eficiente, andaba de prisa, miraba a todas partes, siempre atento como policía de seguridad. A pesar de que las denuncias sobre su comportamiento y maltrato al usuario se amontonaban como una nube de polvo sobre su escritorio, listas para ser desechadas por sus amigos de recursos humanos; ahora es el nuevo director ejecutivo del ministerio, desconfiado, siempre temeroso, al atisbo de una traición, de una huella, de un mal despiste, convencido de que el mundo trabaja contra él. Tiene gastritis, dolor de cabeza, estrés y en la última visita el médico le confirmó la amenaza de un infarto. Pero él desde el lustre precioso de su sillón de ejecutivo proclama que está orgulloso de lo alto que ha escalado, y todo… por sus propios méritos.

Con este relato quiero suscitar una reflexión sobre una subespecie de la raza política que, enquistada dentro de las instituciones públicas, en lugar de servir a los demás, se sirve a sí misma y usa a los otros para encaramarse en el poder. Esa es la queja permanente en las redes sociales: el maltrato de aquellos que han hecho de su carrera una historia de ascensos vacuos, meteóricos y oportunistas sobre la base del halago y el servilismo, sin ideologías ni propósitos, sin escrúpulos. Tienen el raro talento de sobrevivir a diluvios, tempestades y a todos los gobiernos.

La política es el arte de servir, y sirven no solo las autoridades, sino también el ciudadano convertido en funcionario público, cuyo poder se revierte sobre la comunidad que atiende con su trabajo. Cuando a un funcionario público, indolente e ineficiente, se une un arribismo desmedido y feroz, forma una bomba molotov que intoxica y envenena el ambiente laboral. Todos alguna vez lo hemos sufrido y criticado. Todos tenemos el deber de señalarlo y acusarlo en la intención de revolucionar el servicio público y hacerlo cada vez más eficiente y comprometido con la sociedad. Tema abierto para el análisis y el debate. (O)