Viernes, 04 Noviembre 2016 00:00 Columnistas

Reírse del poder

Sebastián Vallejo

No hay nada más incómodo para el poder que un comediante. No hay réplica a un comediante, no hay debate, no hay cómo burlarse de un comediante. Como cualquier otro ser con pulso, los comediantes hablan desde su trinchera ideológica pero siempre como una opinión sin filtro de lo políticamente correcto. Hablan en sutilezas que al poder le cuesta callar, le cuesta entender, le cuesta responder. “Solo el bufón le puede hablar la verdad al rey”, lo cual explica esa proliferación de comediantes que han logrado penetrar en el comentario público de cara a las elecciones en los Estados Unidos. Un país donde en la última década, la confianza hacia los medios tradicionales ha disminuido hasta llegar a su punto más bajo este año. Un país donde los medio corporativos, por diseño, responden a marcados intereses que moldean lo que se muestra como realidad (cuando la realidad es construida desde un pantalla), y en esa realidad esculpen a los candidatos. Un país donde los comediantes se han convertido en una alternativa.

Un comediante es incómodo, en tanto es capaz de ponerle un espejo a la sociedad y le obliga a confrontar las realidades que pretende ignorar. La comedia es el arma de las minorías y los marginados, porque tiene la capacidad de neutralizar el poder de los estereotipos, mientras desafían a aquellos que los perpetúan, lanzándoselos de vuelta en la cara con la misma carga que se utilizan para menospreciar. Un comediante crea la tensión y deja que la risa sea el escape. Sin ese escape el comediante falla, pero el ciclo completo es una espada de goma contra el estatus quo.   

Tomemos como ejemplo a Donald Trump. Trump debe tener el récord de la persona, viva o muerta, que ha proporcionado más material cómico por aparición televisada. No es para menos. El tipo es una mina de oro. Y ese material lleva a cuestiones mayores, a reflejar a la sociedad en el rostro de Trump el misógino, o Trump el racista, o Trump el xenófobo, o Trump el tramposo. Lleva a mostrar que Trump es el producto de una sociedad donde todo lo que él representa está avalado por una creencia colectiva. Los comediantes nos hacen reír de un tipo cuestionable en todo sentido, desde lo ético hasta los legal, para luego dejarnos con un sabor amargo sobre nuestra propio reflejo en él.  

El problema es que incluso esto se ha corporativizado. Los comediantes que debían encontrar los límites del poder, han tomado partido en el poder y creado su propio altar. No quiero sugerir que un comediante no puede tener su shungo partidista. Pero cuando el comediante se vuelve cómodo con el poder, entonces pierde su capacidad de incomodar el sistema. Pensemos en Obama. Un político que logró manejar el espectáculo de la política estadounidense sin dejar mucho espacio para hacer el ridículo. Debe ser el presidente más cool de la historia. Y parte de su encanto es precisamente participar de programas de comedia. Es decir, ha logrado imponer la agenda en estos programas, que se han dedicado a suavizar la imagen y velar las verdades. Le han dado un espacio cómodo al poder político.

Entonces cuando la comedia se corporativiza, es difícil que los comediantes vayan tras la raíz del problema. Comediantes en medios corporativos y tradicionales se ríen de las flaquezas de los líderes, pero se distancian de los problemas estructurales que alimentan las condiciones de desigualdad de poder. Mencionan cómo no deben usarse drones, pero no mencionan el complejo militar industrial que los gobierna. Hablan sobre políticos, pero no sobre el dinero que los financia. Hablan sobre la falta de trabajo, pero no sobre las condiciones en que se trabaja. Entonces aquello que los diferencia del resto deja de ser su característica principal.  Si un “bufón a menudo es profeta”, no puede serlo desde el poder. (O)

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