Viernes, 30 Septiembre 2016 00:00 Columnistas

¿Quién ganó el debate? (y si acaso importa...)

Sebastián Vallejo

El lunes se dio el debate más visto en la historia de EE.UU. 84 millones de televidentes. Nada mejor que un buen circo para comenzar la semana. Y nadie mejor que Donald Trump para darle circo a la gente. Los primeros 30 minutos los hizo como un campeón. Claro, estamos comparando a Trump con sus versiones previas, así que la vara no está muy alta. Trump se abstuvo de insultar a una minoría, de agredir a un género (descontando las microagresiones), de acusar a una religión, de negar hechos científicos, de inventarse palabras y de contradecirse. Trump atacó a Hillary Clinton en el campo de comercio exterior, Nafta, la falta de empleo y su pasividad ante el problema. Como no podía ser de otra manera, Hillary es culpable de todo lo que hizo su marido. Pero, citando al propio Trump, Hillary ha estado en política “por más de 30 años”, lo que significa que tiene 30 años de experiencia y no improvisa ni esa sonrisa de muñeco de cera que mantuvo por todo el debate, no sé si por estrategia de campaña o por vergüenza ajena. Clinton supo defenderse, atacar, hasta trató de hacer una broma (cuya ejecución fue el punto más bajo de su intervención). Se la vio, como diría la prensa americana, “presidenciable”. Lo cual no fue tan difícil, si tomamos en cuenta que Trump, a partir de la media hora, volvió a ser Trump.

Trump comenzó a decir incoherencias mientras interrumpía para mostrar su desconocimiento de la realidad, la política y la vida. Mostró su apoyo por una medida declarada inconstitucional por ser discriminatoria como ‘stop and frisk’, que permitía a los policías parar a una persona para ser cacheada sin causa probable. Habló sobre “el cíber”, los hackeos al Partido Demócrata, una diatriba que terminó con una mención a su hijo de 10 años y que tan bueno es para la computación. Dijo que él no discrimina a los afroamericanos ni a los musulmanes porque les permite jugar en su campo de golf. Su defensa para eliminar los impuestos a los ricos fue, literalmente, incomprensible. Cuando Clinton lo acusó de no pagar impuestos, Trump contestó: “Eso me convierte en listo”. (Y con esto último, seguro terminó consolidando el voto de los ricos y de los libertarios.)

¿Quién ganó? Pues, según CNN, ganó Clinton. Según Twitter, Clinton. Según las encuestas, Clinton (aumentaron su ventaja por cuatro puntos). Según algunos republicanos, Clinton. Según Trump, ganó Trump. El problema con los debates es que su efecto sobre los votantes desaparece bastante rápido. Lo ganado esta semana lo puede perder la siguiente. La mayoría de las investigaciones sugiere que los debates tienen poco o ningún efecto sobre la intención de voto (incluso en campañas con un gran número de indecisos, como esta). Lo cual se entiende mejor cuando tomamos en cuenta que la información con la que llegan los espectadores a ver estos debates es muy alta (a diferencia de los debates en las primarias, cuyo efecto, en cambio, sí es significativo). Más problemático aún es que el perfil de las personas que ven el debate rara vez se alinea con el de las personas que de hecho votan. Y nadie llega sin preconcepciones al debate. Si más demócratas vieron el debate (y, de hecho, así fue), es probable que lo que capturen las encuestas sea su preferencia como demócratas, más que el efecto del debate.  

Es decir, a pesar de la pantomima, del espectáculo, del circo y de las luces, estos debates no son más entretenimiento. Las investigaciones sugieren que el mejor predictor de la intención de voto es tu afiliación al partido. La mejor manera de cambiar tu intención: puerta a puerta, con movimientos de base. Es ahí donde esta elección se decidirá. Mientras tanto, estamos en primera fila esperando a ver cuál será nuestro veneno. (O)

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