Jueves, 22 Diciembre 2016 00:00 Columnistas

¿Qué pasa con nuestro terrible tránsito vehicular?

Antonio Quezada Pavón

Ya estamos en época navideña y la circulación vehicular en Guayaquil y en todas las ciudades del país se transforma en una verdadera pesadilla. Quisiera culpar a los buses de servicio público que son los ‘reyes’ de las calles. Paran en donde les da la gana, bloquean las intersecciones (a pesar de que se anuncian fuertes multas a los que así lo hagan), recogen y dejan pasajeros en media calle, exponiéndoles a ser atropellados por el resto de vehículos. Pero creo que pertenecen a una casta gremial muy poderosa, con influencia política en todas las esferas de los gobiernos seccionales y central. Y eso es tema de otra discusión. Pero igual o mayor culpa la tienen los taxistas, tanto amarillos como de todos los colores, que se llaman ‘taxi amigo’, pero encubren realmente una realidad de desempleo que a personas de mediana edad  los fuerza a este tipo de trabajo, muy competido, dada la sobreoferta de estos transportes. No son la causa principal, pero sí contribuyen en gran medida al desorden. ¿Dónde está, entonces, el problema?

La congestión vehicular ocurre cuando un volumen de tráfico o modo de distribución de vehículos genera una demanda superior a la capacidad disponible de circulación en las calles de la ciudad y se lo conoce normalmente como saturación vehicular. Y aparte de lo fácil que es culpar a los buses y a los taxis, hay muchas circunstancias que causan o agravan la congestión, la mayoría reduce la capacidad de una vía en un momento dado o en una zona y distancia determinadas, incrementando el volumen de vehículos requeridos para un determinado volumen de gente y bienes que se movilizan. La mitad de estas congestiones son recurrentes y se atribuyen al peso mismo del tráfico. Esto es lo que ocurre en la vía a Samborondón y en el Puente de la Unidad Nacional, que es un complejo vial de cuatro puentes: dos sobre el río Daule (Rafael Mendoza Avilés y Carlos Pérez Perasso) y dos sobre el río Babahoyo, con una vía sobre el sector de la Puntilla. La otra mitad se origina (o empeora) en incidentes de tráfico, trabajos sobre la vía o lo más usual, eventos climáticos.

A pesar de la avanzada tecnología actual, no se puede predecir completamente las condiciones que crearía un ‘apretón’ de carros, o con cualquiera de los otros nombres con que se le conoce: atasco, trancadera, trancón, tapón, embotellamiento o simplemente tráfico. Mucho tiene que ver con el temperamento de la gente y su cultura de respeto y orden. Curiosamente, Latinoamérica tiene el dudoso privilegio de tener la ciudad más congestionada del mundo: Sao Paulo, que tiene la marca histórica de 344 km de filas de carros acumuladas alrededor de la ciudad en la hora pico de la tarde. Y está seguida por Ciudad de México, San Salvador, Shanghai, Los Ángeles, Bogotá, Río de Janeiro, Madrid y Lima. Seis ciudades de América Latina son las peores, nos dice la gravedad de nuestro problema.

Debemos enfrentar con seriedad el futuro de nuestras ciudades. Proporcionar medios confiables y masivos de transporte urbano; racionalización de los vehículos, evitando la sobrepoblación de motocicletas que nos podrían llevar al caos de Yakarta, Indonesia (o como ya está Milagro en Guayas); planificación ordenada del urbanismo. De esta manera  podríamos reducir los efectos negativos de la congestión de tránsito, que son, por ejemplo: la pérdida de tiempo en movilización que reduce la productividad y el Buen Vivir, desperdicio de combustibles, desgaste innecesario de los vehículos, emergencias y, sobre todo, el impacto sobre la contaminación ambiental generada por el material en partículas, dióxido de azufre, monóxido de carbono, ozono y metales pesados, todos los cuales generan el efecto invernadero. (O)

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