Jueves, 29 Diciembre 2016 00:00 Columnistas

¿Qué es lo que realmente importa al final del año?

Antonio Quezada Pavón

Las uvas, la vuelta a la manzana con la maleta, vestirse de amarillo (así sea del Emelec) son algunas de las tradiciones de la última noche del año. Yo les propongo que este sábado 31 dediquemos un pequeño pensamiento a los enfermos; aquellos pacientes que sufren y que de alguna manera están estableciendo una relación formal con la muerte. Luego de 40 años de trabajar en la industria farmacéutica aprendí que la palabra paciente significa, en el buen sentido, alguien que sufre, por lo cual de alguna manera todos somos pacientes (o potencialmente lo seremos).

Veo que nuestro sistema de cuidados de salud es bastante disfuncional, a pesar de los grandes esfuerzos e inversiones realizadas. He visto el cuidado de salud desde los dos lados: como proveedor y paciente. Los que van en busca de salud realmente creen que van a obtenerla; los que la proveen son agentes inconscientes de un sistema que a menudo no funciona y no brinda el servicio esperado. ¿Por qué  sucede esto? Es sencillo: el sistema de cuidado de salud fue diseñado a base de entender las enfermedades, no a la gente. Esto significa que fue erróneamente diseñado, lo cual se pone muy claramente de relieve, nos rompe el corazón y nos obliga a pensar en darnos la oportunidad de diseñar bien, especialmente cuando el paciente está al final de su vida. De hecho, deberíamos darle un propósito y creatividad a la experiencia que un paciente tiene al morir.

Para la mayor parte de la gente, lo más aterrador acerca de la muerte no es morir;  es morir sufriendo. Y esa es una distinción muy importante. Pero el sufrimiento es parte de la vida misma, en cierta forma es hasta necesario y es lo que une al paciente con quien le atiende. Yo todavía sueño con que nuestros hospitales, farmacias y en general todas las instituciones de salud lleguen a ser más humanas.  He visto a muchas personas listas para morir y no porque encontraron su paz final o trascendencia, sino porque llegaron a ser tan repulsivas por lo que su vida había llegado a ser, mutilados, feos. Y esto le pasa a un gran número de pacientes con enfermedades crónicas o terminales, especialmente a la vejez.

Es un tsunami que está creciendo, pues la expectativa de vida ha crecido. Necesitamos una infraestructura muy dinámica que nos permita manejar esta creciente población de enfermos a las puertas de la muerte. Ahora es el momento de crear algo nuevo y vital. Pues ignorarlos es inaceptable. Tenemos los medios para hacerlo: políticas públicas, educación y sistemas de entrenamiento; así como cemento y ladrillos. Pensemos que lo más importante para la gente que está próxima a morir es: estar confortables, no sentirse una carga y no serlo para aquellos a quienes aman.

Diseñemos nuestras instituciones de salud para disminuir el sufrimiento; demos dignidad a los pacientes terminales por medio de sus sentidos (algunos ya atrofiados), por medio de su cuerpo (en el mundo estético, no en el anestésico). Tenemos que elevar nuestras expectativas; fijarlas en visiones de que el Buen Vivir debe terminar en el Bien Morir. De esta manera, que la salud y el sistema de cuidados de salud logren que la vida sea más maravillosa y no menos horrible. Es así como brindar salud se vuelve un acto más creativo, generativo y, así suene incongruente, lleno de vida. Es la forma más elevada de adaptación que tiene el ser humano. No podemos vencer  a la muerte, pero sí podemos darnos más espacio físico y psíquico, de tal manera de no apartarnos de los moribundos, sino permitir que envejecer y morir sea un proceso in crescendo que nos lleve hacia el final de la vida. (O)

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