¿Profesión o pasión?

| 20 de Diciembre de 2016 - 00:00

En una nota producida por un conocido periodista de la localidad, se le pedía  al expresidente del Uruguay, José Mujica, que defina lo que significa para él la militancia dentro de una fuerza política, y con la sencillez que lo caracteriza, respondió: “No es una profesión, sino una pasión…”, echando al tarro de la historia a esa cantidad de malandrines que hacen de la actividad o militancia en una tienda política, que se sustenta en alguna ideología o la simple intención de llegar a captar alguna designación por elección de voto popular, a lo mejor resulta elegido.

Existe gran diferencia cuando el participante en las actividades políticas profesa una verdadera ideología que está por encima de los intereses particulares y mezquinos, de un ciudadano que simplemente intenta beneficiarse si logra el respaldo popular y llega a tener alguna oportunidad de prestar servicios en cualquier institución. Esa persona ha llegado a obtener éxito con una o varias de sus propuestas y asume el compromiso de cumplir, para satisfacer la confianza que le han entregado los electores y continuar en el proceso de lucha por convencer positivamente a quienes le entregaron su apoyo.

Veamos lo que está pasando en el proceso que vive Ecuador para renovar los poderes Ejecutivo, Legislativo y de otras entidades que se derivan de las dos anteriores: hay una enorme cantidad de personajes que están vinculados al proceso y que han cambiado sorpresivamente su ubicación ideológica, y están prestos a crear alianzas postizas, producto de la simple ambición de alcanzar alguna cuota de poder.

Miremos lo que acontece, por ejemplo, con Ramiro González, que fue alto dirigente del Partido Izquierda Democrática (ID) y, en una derivación lógica, pasó a ser funcionario máximo del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS), apoyado por el Gobierno actual. Luego pasó a ser ministro de Estado, para más tarde pasar a mantener conversaciones en la mesa del Partido Social Cristiano y, a continuación, separarse de ese perverso y antinatura entente, para terminar presentándose en su propia lista de asambleístas, menospreciando todo su pasado, demostrando allí que no existía ningún sustento ideológico para mantener una línea de conducta coherente con sus antecedentes.

Cosa parecida acontece con el general Paco Moncayo, hoy candidato a la Presidencia de la República por una mezcolanza de organizaciones, que van desde la derecha hasta la extrema izquierda, la fuerza anarquizante del MPD, a la que le ofrece restaurar la vigencia de la organización de docentes, la Unión Nacional de Educadores (UNE), y devolver los recursos de sus fondos de cesantía, organización financiera disuelta por la Asamblea Nacional al haber detectado irregularidades en la utilización de esos dineros en beneficio de sus máximos directivos.

¿Quiere, Paco Moncayo, que vuelva la educación a estar secuestrada, sometida a los tradicionales paros y huelgas que cada año decretaba esa organización, por lo menos 2 por cada régimen, de Costa y de Sierra, para demandar disminución de responsabilidades académicas, aumento de salarios, remoción de autoridades de control, entre otras aspiraciones?

Sería el colmo que, después de tanto esfuerzo que promovió el Gobierno actual para someter a un régimen de disciplina al sistema educativo, si llegara a resultar ganador de la contienda electoral este caballero, esa desgracia sucediera. (O)

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