Jueves, 06 Julio 2017 00:00 Columnistas

¿Por qué el poder es tan atractivo?

Antonio Quezada Pavón

Están desesperados los de la oposición porque Rafael se vaya a Bélgica. Y escuchándolo en su presentación a los estudiantes de la Espol, parecería que ahora sí es cierto. ¡Se va el 10 de julio! Es una verdad criolla que quien mucho se despide, pocas ganas tiene de irse. Y la cuestión no creo que sea cambiar temporalmente de domicilio, sino la ausencia del poder que ha tenido por diez años. Y después del 24 de mayo, la misma oposición se ha encargado de darle más protagonismo del que él mismo buscaba.

Henry Kissinger dijo alguna vez que el poder era el máximo afrodisíaco. Lo que no dijo es por qué lo era. Pero miren lo que ha pasado: Bill Clinton se enredó con Mónica Lewinsky; John F. Kennedy (en paz descanse) se salió con la suya engañando a Jackie con varias amantes (entre ellas Marilyn Monroe) y el célebre golfista Tiger Woods casi arruina su carrera por problemas de faldas. Todos ellos fueron hombres poderosos y parece que a las mujeres les atrae el poder (ya sueno chauvinista, y eso que no hago referencia a una conocida exjueza).

Sin embargo, nosotros los hombres también somos atraídos por figuras poderosas que generalmente son otros hombres. De lo contrario no habría pandillas y posiblemente guerras. Los hombres que seguimos a otros hombres poderosos tenemos nuestra propia mitología para crear la lealtad que nos hace seguir a nuestros poderosos líderes hasta el infierno si fuera posible (y a veces lo es), basados en el llamado ‘espíritu de cuerpo’ que es la manifestación de la más pura hombría. ¡Qué vaina!

Desde pequeños crecemos sabiendo que algunos tienen poder y otros no lo tienen. Aquellos que tienen la potestad de conseguir de nosotros cierto tipo de comportamiento, tienen  poder. Los que no tienen poder no consiguen nada de nosotros. Aquellos que nos infunden algún tipo de temor y miedo son creíbles; mientras que los que no tienen el elemento atemorizante no tienen la misma credibilidad y poder de convencimiento. Y si a estos individuos los miramos como un espejo en el cual nos reflejamos, es más fácil identificarse con los poderosos que con aquellos que no tienen poder o tienen un nivel más bajo.

De alguna manera, empezamos a ver la vida en relación con la existencia del poder. Entonces, ¿cuál es el rol de la autoridad? Pues realmente es una figura y de ahí nace el paradójico término ‘figura autoritaria’ y es que en lo profundo de nuestro entendimiento conocemos que el principio de autoridad pertenece al individuo. Nosotros proyectamos nuestro poder (cualquier tipo de poder que tengamos) en otras personas y les llamamos figuras autoritarias. De hecho, no existe autoridad en sí misma, sino la opción de aceptarla.

De ahí que, aun en el caso de que el mismísimo presidente Lenín Moreno me diera una orden directa, yo tengo la opción de decidir si acepto o no lo que se me ordena. Por supuesto que habrá consecuencias si escojo desobedecer, y premios si la acato, lo cual va a influir en mi decisión. Es por eso que constantemente estamos usando nuestro libre albedrío para decidir si usamos nuestro poder o lo proyectamos en otros, que normalmente son los poderosos.

Pero esto no es realmente lo que creemos. Sabemos que hay gente con poder y otros sin él. Y parece que estamos muy cómodos creyendo en esto, pues de esa manera hemos configurado todo nuestro sistema político, legal, social, religioso y cultural. Al final del día, todo no es más que una proyección. Nadie tiene realmente el poder de controlarnos. Siempre hay una opción que podemos activarla. Pero nos encanta pensar que no tuvimos opción. (O)

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