Paradigma alterno al individualismo

- 03 de octubre de 2017 - 00:00

Si aprendiéramos a incorporar el Bien Común en la agenda diaria de nuestras vidas, haciéndolo parte de nuestros valores, actitudes y comportamientos, sentaríamos las bases para un verdadero cambio de la sociedad. “Hacer lugar al bien común por encima de los intereses mezquinos o particulares; cargar a los más flacos, protegiendo sus derechos”, fue una de las reflexiones del papa Francisco en su primera homilía en Colombia, en el parque Simón Bolívar de Bogotá, ante 1’350.000 feligreses.

Para ello hay que comenzar por comprender qué es el bien común, pues se le suele equiparar maliciosamente a un colectivismo extremo, donde la primacía de lo común sobre lo individual implicaría pérdida de los derechos individuales.

Habría que inculcar desde la niñez el concepto de contribución al beneficio de todos y de que formamos parte de una comunidad y sociedad, en oposición a la formación individualista recibida mayoritariamente, que magnifica la imagen individual sobre la sociedad.

El bien común no es una entelequia, es el bien de todos nosotros; desde que nacemos pertenecemos a una familia, formamos parte de un grupo humano, de una comunidad social, de una sociedad y nación, en fin, del género humano. No podemos ser indiferentes a nada humano. Sin embargo, ha prevalecido una formación individualista, como si el ser humano fuera un ser aislado, sin obligaciones con los demás.

Lograr algo tan indispensable como el bien común es asunto en gran parte cultural y de ética natural. El egoísmo y la ambición llevan a la preferencia por los valores mezquinos, y a estar dispuestos a cometer cualquier delito por lograrlo. Surge la corrupción por la ambición de riquezas y de poder, tentación a la que, como lo hemos visto en nuestros días, han sucumbido muchos detentores de poder, sea político o económico.

Existen muchos obstáculos para avanzar en la instauración del bien común en beneficio de toda la humanidad, dos de ellos muy arraigados, el individualismo que disfraza hábilmente el bien común de colectivismo, y pone a temblar con el espectro de Stalin, y un cierto ideologismo o intelectualismo, que lleva a quedarse en lo abstracto, discutiendo sin fin qué autor lo define mejor, en vez de concentrar los esfuerzos en elaborar un paradigma práctico de aplicación a la vida diaria en bien de todos. De hecho, el bien común es una antigua noción filosófica desde Platón, para quien el bien común trascendía los bienes particulares, siendo la felicidad de la ciudad superior y hasta cierto punto independiente de la felicidad de los individuos. Aristóteles dio un paso adelante: “La comunidad política tiene por objeto las buenas acciones y no solo la vida en común”. El bien común es superior, pero no por ser el bien del todo social, sino por su esencial índole moral.

Han pasado siglos en este ejercicio mental, muy valioso, por cierto, y necesario, pero que no se traduce en hechos concretos, a no ser últimamente en asociaciones por el Sumak Kawsay, que hasta han logrado que se incluyan  en las Constituciones nacionales, como las de Ecuador y Bolivia, los derechos de la naturaleza y el de la felicidad.
Intentemos estar abiertos hacia los otros, y no permanecer indiferentes ante las necesidades de los demás. Continuará. (O)