Orígenes del Homo sapiens

| 16 de Septiembre de 2017 - 00:00

La obra De animales a dioses, breve historia de la humanidad de Yuval Noah Harari (Debate, Penguin Random House, Bogotá 2017), de imperdible lectura, amerita, en su inicio, reflexiones sobre la revolución cognitiva que da origen al Homo sapiens.

El autor señala: “Leyendas, mitos, dioses y religiones aparecieron por primera vez con la revolución cognitiva” (p. 37).  Desde luego lo cognitivo (como conocimiento) no puede separarse de lo afectivo y de la creación artística. Las necesidades humanas objetivas (NHO) individuales y corporales, como nutrición, sexualidad-procreación, y vida de relación o trabajo, colectivas, generaron las subjetivas o culturales. Dice el autor (p. 38): “Esta capacidad de hablar sobre ficciones es la característica más singular del lenguaje de los sapiens. (…) Y si uno se pasa horas rezando a espíritus guardianes inexistentes, ¿no está perdiendo un tiempo precioso, un tiempo que invertiría mejor buscando comida, luchando o fornicando? (…) Podemos urdir mitos comunes”.

Pero, aunque se señale que no solo había actividades individuales como el rezar, sino también el ‘chismorreo’ colectivo (probablemente se originen de los acuerdos grupales de la ética), seguramente allí, en el espacio y tiempo lúdico del ocio, y luego de las actividades que atendían a las NHO, se originó, en ese mundo de intercambio cultural de lo subjetivo, la creación de seres sobrenaturales. “No hay dioses en el universo, no hay naciones, no hay dinero, ni derechos humanos, ni leyes ni justicia fuera de la imaginación común de los seres humanos”, asegura el autor.  Es el campo de lo subjetivo o cultural, aunque no se trate con esa denominación.  La imaginación es fruto de lo cognitivo. Y este énfasis en lo cognitivo es otra observación crítica a la obra, ciertamente monumental del autor.

El ícono o logo del león de los autos Peugeot, el autor señala que es un mito, una invención social propia de la cultura. Pero, aunque elude analizar la relación Estado-mercado, se pregunta: “¿Cómo consiguió Armand Peugeot, el hombre, crear Peugeot, la compañía? De manera muy parecida a como sacerdotes y hechiceros han creado dioses y demonios a lo largo de la historia” (p. 44). “El sacerdote exclamaba ‘Este es mi cuerpo’ y ¡abracadabra!, el pan se convertía en la carne de Cristo. (…) Si un abogado autorizado seguía la liturgia y los rituales adecuados, escribía todos los conjuros y juramentos en un pedazo de papel bellamente decorado, y añadía su adornada rúbrica al final del documento, entonces (¡abracadabra!) se constituía legalmente una nueva compañía” (p. 45). (O)