Nuevo orden mundial

- 06 de junio de 2017 - 00:00

Si en política, los neocon hubieran acertado, o sea si el despilfarro de toneladas de recursos humanos, económicos y políticos hubieran producido en el Medio Oriente un simulacro de democracia y no el actual desbarajuste; si el Estado Islámico no se hubiera fortificado al extremo de poner en peligro la existencia misma de Europa; si Rusia y China hubiesen colapsado y no estuviesen impulsando la Nueva Ruta de la Seda, megaproyecto en el que si EE.UU. no participa, corre el riesgo de convertirse en una especie de isla flotante a la deriva de los acontecimientos que se den a nivel mundial, entonces, solo entonces, Trump no hubiera derrotado a los neocon. Pero pasó lo contrario y ahora los neocon lloran su descalabro a la vera de la historia.

¿Por qué? Porque no se dio el supuesto que debía contribuir al éxito del propósito neocon. ¿Cuál? La pusilanimidad de los pueblos. Al revés, se dio todo lo contrario, la resistencia popular a la agresión imperial. La misma es semejante a un resorte, mientras más se lo aprieta con más fuerza reacciona. Así por ejemplo, cuando en el pasado muchos apostaban a que Rusia sería borrada del mapa, cuando aparentemente este país estaba acorralado y no tenía escapatoria, su pueblo enarboló un patriotismo digno de incomparable encomio. Lo hicieron cuando los tártaros, los polacos, los suecos, los caballeros teutones, los franceses, los norteamericanos, los italianos, los japoneses y cuando toda Europa Continental, encabezada por los nazis, los invadió. A todos ellos, los rusos vencieron en Poltava, Borodinó o Stalingrado, por mencionar unas pocas batallas. Si Rusia derrotó en el pasado a tanta agresión militar, ¿cómo no va a derrotar ahora a la actual rusofobia mediática? Putin no contaría con el liderazgo que cuenta de no apoyarse en la dignidad del pueblo ruso, que lo apoya.

Esta ceguera neocon condujo al mundo a una especie de triángulo geopolítico formado por EE.UU., Rusia y China. Estos dos últimos han elaborado una estrategia a largo plazo para impedir ser engullidos por el primero. La estabilidad de este triángulo puede incrementarse si se abre la posibilidad de que se convierta en un cuadrado; sucede que Alemania, hasta ahora un apéndice controlado por EE.UU. mediante la OTAN, se niega a pagar el diezmo por este vasallaje, por lo que Trump, como buen negociante, declara sin empacho, aunque con menos tacto que un elefante borracho: “Tenemos un déficit comercial masivo con Alemania y, además, los alemanes pagan en gastos militares mucho menos de lo que deberían a la OTAN. Eso es muy malo para EE.UU. Esto cambiará”.

Es que Alemania, ganadora de la paz luego de perder la guerra, es hueso duro de roer. Capitaneada por la señora Merkel, un verdadero avión en esto de la maniobrabilidad política, no en vano fue el último alto funcionario que abandonó el Partido Comunista de Alemania Democrática para caer exitosamente en los brazos de la Democracia Cristiana de Alemania Federal, declara que Europa “no puede depender de otros” y que los europeos están obligados “a luchar por su destino”. Oye su llamado nada menos que Macron, el presidente más joven de la historia de Francia, que no quiere quedarse detrás de Napoleón ni de De Gaulle.

La política está más candente que nunca. Amanecerá y veremos. (O)