Viernes, 23 Septiembre 2016 00:00 Columnistas

Muerte por fascismo

Ilitch Verduga Vélez

El 23 de septiembre de 1973, año trágico para la cultura y la democracia, moría en Santiago de Chile uno de los grandes rapsodas de la lengua castellana: Pablo Neruda. Su deceso es concebido como un crimen más de la dictadura que ensangrentó y enlutó a Chile durante 16 años. Y es que en aquellos años oscuros del despotismo genocida de Augusto Pinochet y los otros miembros de la Junta: Merino, Leigh, Mendoza y de los que siguieron sus órdenes siniestras, jefes, personal de sicarios de la DINA, la CNI, desde luego los políticos de derecha y demócratas cristianos, cómplices del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, que durante años masacraron al pueblo chileno, nunca recibieron el fallo de la justicia y peor el castigo ejemplar.

Un caso emblemático en la bitácora de los equipos de asesinos montados por los golpistas para reprimir al pueblo chileno es, precisamente, el fallecimiento de Neruda, que, según los testimonios de gente muy creíble, fue envenenado en similares circunstancias y en la misma clínica en la que años más tarde se dio la muerte del expresidente Frei. El acusado Berríos, el químico estrella de los entes de delación de la tiranía, autor del manejo malvado de bacterias para atentar en Chile y el exterior, huyó de la verdad, con el misterio de su muerte en Uruguay. La lectura del libro de Matilde Urrutia la viuda del vate -editado décadas antes de la indagación que pretende detectar la etiología de su incorporeidad- aclara las particularidades de las horas últimas en la vida del poeta. Ella relata con sentimiento superior la pérdida del ser al que amó con devoción, que lo asistió gran parte de su vida, pues sabía la evolución del cáncer prostático que padecía. Y así relata lo sucedido desde el  19 hasta el 23, de septiembre, fecha del óbito.

“Tengo todo preparado esperando la ambulancia que llevará a Pablo”. La recomendación de su médico personal es internarlo en Santiago, dadas las horribles condiciones de salud, en el país, no solo por los cientos de homicidios en 8 días de coacción militar, también por la seguridad del enfermo, ante la certeza de abusos que cometían sayones embriagados de anticomunismo. En el camino a la capital fue objeto de vejaciones de piquetes de carabineros y soldados que no respetaban nada ni a nadie. Nos dice después del registro: “Había lágrimas en los ojos de Pablo; pensé que no lloraba por él ni por mí, lloraba por Chile. Su instinto profético no  lo engañaba”. Luego reitera: “Llegamos a la clínica Santa María”. Allí los  esperaban amigos y el embajador de México, que insistía en el viaje a México por pedido especial de su presidente.

“Yo  no me iré de Chile, yo aquí correré su suerte”, fue su respuesta. “Sopesamos los peligros de quedarnos, y sobre todo yo insistí en la imposibilidad de un tratamiento adecuado para su enfermedad”, sostiene Matilde. Argumento válido para él por la utilidad de su vida  para Chile  en las circunstancias trágicas que enfrentaba. Y por primera vez meditó la posibilidad del viaje al querido México. Pidió a Matilde que buscara algunos insumos que requería, luego ella partió a Isla Negra, con el alma atenazada por dejarlo solo. Apenas llegó, sonó el teléfono y habló Pablo: “Regresa inmediatamente” fue lo que atinó a decir. Entonces Matilde asumió que no podía ocultarle la verdad, del clima mortal que vivían los chilenos. “Los están fusilando”, le dijo al entrar a la habitación, y continuó: “El cadáver de Víctor Jara, despedazado”. Una angustia muy grande lo invade, lo inyectan. El médico dice: “Lo calmará y dormirá”. Nunca despertó. El 23 de septiembre de 1973, un día como hoy, hace 43 años, Pablo Neruda murió, de fascismo. (O)

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