Morir por la patria

| 09 de Febrero de 2017 - 00:00

En el siglo XIX tuvo lugar en la costa ecuatoriana un fenómeno peculiar, que demuestra cómo las ideas políticas fundadas en la moral y la justicia, y bien sembradas en el corazón y la razón de los jóvenes, pueden enfrentarse a la tentación de la indignidad y la avaricia. Fueron tiempos en los que propietarios medianos y pequeños comerciantes, relativamente pudientes, conmovidos por la explotación y el sobretrabajo de los campesinos, dejaron la comodidad de sus estancias y negocios comerciales, y se convirtieron en coroneles populares al mando de grupos que buscaban justicia.

Estos sujetos fueron capaces de comprender que las viejas estructuras oligárquicas debían dar paso a fórmulas democráticas populares, para la viabilidad del Estado nacional. Una característica compartida de estos jóvenes, además de su origen de clase y sus prácticas organizativas, fue la extraña idea de sacrificio por la causa, convencidos de que la muerte y la sangre daban fuerza al proceso revolucionario y simbolizaban el carácter inclaudicable de su proyecto e ideas políticas. Uno de los coroneles excepcionales, que en efecto llegó a ofrendar su vida, fue el esmeraldeño Luis Vargas Torres, fusilado en Cuenca, cuando apenas contaba con 32 años de edad.

Luis Vargas Torres pertenecía a una familia acomodada, estudió en un colegio religioso de Quito y emprendió luego prósperos negocios en Guayaquil. En 1883 liquidó sus empresas para emprender su lucha y entregó parte de los recursos a Eloy Alfaro, con quien participó en varios combates. Se conoce que cumplió tareas especiales en el contexto de una especie de internacional radical, que buscaba realizar revoluciones profundas en varios países de Latinoamérica. En 1886 lideró las fuerzas revolucionarias que presionaban desde Perú, toma Catacocha y entra a Loja, donde cayó prisionero. Durante el mandato del oligarca y presidente de la República, José María Plácido Caamaño, se ordena su ejecución, realizada en Cuenca el 20 de marzo de 1887. Su cuerpo fue llevado a la geografía de los indeseables, localizada lejos del cementerio canonizado, en la quebrada de Supay Guaico.

El espíritu de sacrificio, sin más afán que favorecer a la patria, se refleja en los últimos testimonios escritos por Vargas Torres, horas antes de su ejecución y cuando había perdido toda esperanza de vida, entre otras razones, porque después de un exitoso escape decidió regresar a su celda, un hecho excepcional en la conducta de un ser humano, cuando pone a prueba la tensión que se produce entre la necesidad de supervivencia y su ética política. Fue entonces cuando escribió: “Que mi sangre enardezca el corazón de los buenos ciudadanos; no desmayen en el sagrado propósito de salvar a la patria”.

El joven Vargas Torres pudo evitar su muerte negociando o huyendo, pero concibió como el legado más importante para la posteridad, demostrar la coherencia entre las ideas y la práctica política, humo que debía transformarse en aliento para impulsar el vuelo de la revolución en la que él soñaba. Horas antes de su muerte, escribió el texto titulado ‘Al borde de mi tumba’ en el que con extraordinaria clarividencia advirtió: “Toda doctrina que se funda en leyes morales, tiene una fuerte oposición en la gente, cuyo principio fundamental es la opresión e ignorancia de los pueblos para poder convertirse en sus señores”.

Un testigo presencial del fusilamiento de Vargas Torres, realizado en el portal del Municipio de Cuenca, fue Manuel J. Calle, quien por entonces escribió un opúsculo acusando al pueblo de haberse extraviado, movido por la fe en un porvenir sin dignidad, dejando a su suerte a un patriota que había dado todo, fortuna y persona, para romper las cadenas de la servidumbre y lograr un país de garantías sociales. En medio de la desesperanza, M.J. Calle preguntó: “¿Será posible que asome el sol en este desamparo, en esta soledad, en estas tinieblas atroces?”. (O)

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