Martes, 01 Noviembre 2016 00:00 Columnistas

Mojiganga electoral

Rodolfo Bueno

Donald Trump, que se ha convertido en un ojo de pollo en el talón de Aquiles del sistema oligárquico que gobierna EE.UU., acusa al sistema electoral estadounidense de falsificar elecciones, pues su actuación no ha sido transparente: permitió que las preguntas de los debates se redactaran a gusto y paladar de su oponente, Hillary Clinton; ha impedido la asistencia de observadores extranjeros, entre ellos, rusos; ha anticipado la elección en algunos estados, en los que se vota incluso sin identificación de identidad y ha facultado que voten hasta los muertos, por lo que, por no ser ni libres ni democráticas, amenaza con desconocer los resultados de las elecciones.

Cuando habla de falsificación, Trump se refiere, principalmente, a “la deshonestidad de los medios de comunicación”, un “sistema corrupto” que controla la vida de todos e impide a la gente conocer lo que realmente sucede, una máquina para lavar cerebros en favor del mismo demonio; los acusa de “silenciar los escándalos y los delitos” del clan Clinton y sostiene que “Hillary no sería nada”, sin el apoyo que estos le brindan.

Estas corporaciones mediáticas tenían que actuar en su contra para que el candidato republicano cayera en cuenta de algo que la gente con sentido común sabía ya desde hace mucho tiempo, que la prensa amarilla es capaz de convertir en tiburón a una sardina; es que las bajezas de la actual campaña electoral de Estados Unidos asustan a cualquier ingenuo que le avergüence la falta de respeto entre ambos candidatos, pues las porquerías que se echan a la cara superan a las que se echarían en cualquier país del tercer mundo. Sin embargo, se les recuerda a todos que ‘Nada nuevo hay bajo el Sol’. Lo contrario sería pensar que solo últimamente la democracia ‘made in USA’ se ha convertido en una parodia: que antes las elecciones eran honestas, los debates de altura, las manifestaciones espontáneas y no pagadas, la prensa objetiva e imparcial, y eso no es así.

Uno de los grandes literatos de ese país, Mark Twain, en el relato Cómo fui electo gobernador, escribe a nombre de un personaje muy honesto, que él representa, que aceptó esta nominación por estar convencido de tener una gran reputación, ya que no había cometido nunca ningún delito, pero que al día siguiente sus ojos se desorbitaron al leer las calumnias con que la prensa adornó su vida. No supo qué hacer y, totalmente indefenso, se encontró acusado de cometer todos los delitos posibles: de ser chantajista ruin; ladrón rebusca bolsillos; borracho empedernido, que entra en cuatro patas al hotel; incendiario que había quemado un hospicio con sus inquilinos adentro porque dañaba el paisaje y de haber envenenado a su abuelo para heredar su fortuna.

Por último, en un mitin que se realizaba a su favor, nueve muchachos de todos los colores, vestidos con todos los harapos posibles, subieron a la tribuna y aferrándose de sus piernas le gritaron: “¡Papá!” No soportó más y arrojó la bandera. Ser candidato independiente a Gobernador de Nueva York fue superior a todas sus fuerzas. Si esto pasaba hace más de ciento cincuenta años, ya pueden imaginarse las lisuras que, agigantadas por la modernidad de la tecnología informativa, actualmente suceden.

¡Y aún así nos pretenden dictar lecciones de democracia! (O)

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