Lunes, 21 Noviembre 2016 00:00 Columnistas

Mirar fotografías...

Carol Murillo Ruiz

Hay cierta sensación de desolación y extrañeza cuando se miran fotos propias y ajenas tomadas en un pasado no tan lejano. Una porción de tiempo impecable trazado en los semblantes se riega -inocente- en los claroscuros de cada fotografía y nuestros ojos danzan incrédulos, y, por querer ver mejor el detalle, dos de nuestros dedos hacen el ademán táctil de ampliar la imagen -en el viejo papel- como si tocara, hábilmente, una pantalla de celular… y, entonces, la doble alucinación de aquel tiempo y el hoy nos conduce a un abismo de risa e imposibilidad que nos planta el presente sin piedad. La fotografía -estampada en papel- nos relata, en su relativa vejez, que ya no somos los mismos y tampoco la relación con las cosas o seres que recordamos o palpamos con una intimidad simulada.

Mirar fotos del ayer cercano produce varios instantes de realidad situados en pasadizos distintos. Cada imagen no solo nos lleva a unos rostros o unos cuerpos que el reloj y los traqueteos humanos van tatuando en sus formas presentes, sino que nos muestra una cualidad social de vivir la alegría, la amistad, el amor, el cáliz espirituoso y los desengaños hasta la víspera imposibles siquiera de suponer. Mirar fotografías -ni tan remotas- es un ejercicio visual que nos enfrenta a la utopía de la luz vuelta imagen personal y sitios que son amados más por los otros seres que los habitaron y definieron que por su hueco de sombras inmateriales. Ver fotos es sufrir una risa aprensiva, intermitente, pecadora.

Pero lo que prima, en ese juego de luz y obscuridad, es la veta del tiempo. El ojo, ese órgano esotérico del cuerpo, que filtra luz y miedo, al contemplar fotos pasadas, se ocupa de representar el todo a través de la mirada. La mirada… sí, la mirada. ¿Cómo miramos? ¿Cómo atrapamos la luz, el tiempo, el color? Mirando, haciendo un raro contacto con el entorno de los sucesos -sujetos, objetos, paisajes, bálsamos- ablandamos esa relación y dependencia entre nosotros y el resto de materias. Una fotografía es la síntesis de muchos de nosotros y muchas materias. Así, el ojo, la mirada humana, ha mutado su significación estética con el paso de los siglos. Esas mismas fotos (viejas) observadas inmediatamente después de su captura, tuvieron un impacto distinto y nunca estimularon una videncia terrorífica, o sea, nadie advirtió en las imágenes las alteraciones del futuro. Siempre es al revés. Ver fotos viejas es rastrear el pasado y resistir el presente. Con dignidad.

Hay en el registro fotográfico un estilo del tiempo y de la vida. Las amistades que se agregaron en el camino, por empatías o afinidades de espíritu, lucen también el celo de los años. Y el amor, deconstruido más por la cotidianeidad que por la poesía, pulula en las fotos como un vestigio de cieno.

Ver fotos -ni tan remotas- nos restituye la utopía de la luz. Una luz duradera y sagrada. Y la mirada, que opera la luz en nosotros, por dentro, hasta los intestinos, se vuelve injusta y arbitraria: distingue las fisuras, pero también absolutiza el recuerdo. Poco nos compensa. (Ni el espeluznante selfie actual.)

Ver fotos guardadas devela más nuestra mirada hoy, que el pasado suspendido en un semblante. Así sea. (O)

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