Lunes, 23 Enero 2017 00:00 Columnistas

Mentir en Twitter o en Facebook

Carol Murillo Ruiz

He dicho en otra parte que los tiempos electorales son los peores para realizar observaciones duras sobre la política, más aún si están dirigidas a masas o grandes porciones de televidentes o usuarios de Internet. Es comprensible, pues la contemporaneidad brinda a los seres actuales, o a una parte de ellos, la facilidad de subsumirse en el hechizo tecnológico de la imagen. A partir de allí se opacan o anulan las disquisiciones respecto de cómo la política se transfigura cuando los intereses que hay detrás empiezan la fiesta de mentir o suplantar la verdad.

Cuando se oye -o se ve- a varios candidatos decir disparates, en mi caso, pienso enseguida en quienes los están oyendo desde la comodidad de sus casas o en un bus revisando el celular. Y me pregunto si esa escenificación de la exageración o la mentira tiene asidero en las mentalidades distraídas; distracción que la misma virtualidad –lo simultáneo y ubicuo- ha programado en los ciudadanos, muchísimos de ellos ajenos a los intríngulis de la política y su función social de cambiar realidades. La mirada y la audición impasible de los ecuatorianos da por cierto cualquier dislate a cuenta de que sale en televisión, la pronuncia alguien que por años ha visto en calles y pantallas o porque el mismo portento de observarlo virtualmente otorga al protagonista –a su rostro y dicción- un aire de ser de otro mundo.

Mentir es una facultad que viene como aderezo de la razón humana. Se la ha usado por siglos para medir la capacidad creadora o manipuladora en actividades tan extrañas –y placenteras- como la magia, la ficción, la política, el amor romántico, la seducción, los desafíos intelectuales, las amistades por conveniencia, el sexo ocasional, las rivalidades laborales, los adulos conyugales. Mentir es un ejercicio de invención que se envilece en unas zonas más que en otras y que degrada la condición humana cuando está en juego, por ejemplo, el futuro de un país, es decir, la capacidad de discernir de una población con exigua cultura política.

No quiero decir que la mentira, en el amor o la amistad, sea un divertimento que le pone sal y pimienta a una relación. Quizá si se lo toma como un reto mental -con duración y algún objetivo consensuado- la operación mentira obsequie algún provecho a los involucrados; pero cuando rompe el velo de lo lúdico la mentira es un mal social que envilece el interés general, como es el caso de las mentiras que se publicitan en períodos electorales y que son tragadas, sin líquidos, por las enormes masas de votantes.

Las redes sociales son hoy el gran plató de la mentira. Allí pulula la audacia de una supuesta ciudadanía con derecho a expresarse pero sin responsabilidad ni juicio sobre la complejidad de la política a lo largo de la historia. Un púlpito desde el que pontifican agnados y cognados sin el menor compromiso con el prójimo. Tanto crece la afrenta que poco falta para que la democracia halle sinónimos en vocablos tan alienantes como Twitter o Facebook. Unos inventos estupendos ni tanto para ejercer la libertad (de expresión) sino para exponer la opinión –y el deseo- y registrar y vigilar su tendencia. (O)

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