Jueves, 26 Enero 2017 00:00 Columnistas

Medicina tradicional andina

Juan Carlos Morales. Escritor y periodista ecuatoriano

Aún queda en la memoria cuando existía la costumbre de curar el malaire. Eso aún es comprensible porque el país es esencialmente agrario, ligado a una profunda tradición de los pueblos originarios. Entonces, nada mejor que la aromática menta. Que ahora tomemos esas mismas infusiones en brebajes de marca no significa nada. Y esto porque aún en los mercados populares las hierbateras nos prodigan con sus saberes.

En el mundo andino la presión alta y la presión baja se la conoce como: pasado frío (presión baja) y calentura (presión alta). Para esto es imprescindible tener conocimiento de las plantas medicinales, cuáles son tóxicas y cuáles no; además, es importante tener conocimiento de cuál es la función de cada una, para saber esto es necesario que la partera, el yachac o el curandero consuma primero y descubra cuáles son los beneficios de cada planta. A través de los síntomas que presentan los pacientes, cuando el hígado está mal, los labios se secan, según Luz Cancan y Karen Pagllacho, curanderas andinas.

“Precisamente, dentro de este modo de ver las cosas podrá ser entendida la gran importancia que la medicina tradicional da a las entidades sobrenaturales malignas, los malos espíritus que se manifiestan en la concurrencia a ciertas horas a ciertos lugares, pogyos (vertientes), manantiales, quebradas, etcétera, en donde se cree que residen las fuerzas malas que pasan a ser el elemento causal de la enfermedad”, señala la investigación de Marcelo Naranjo, en el libro del Cidap, sobre Imbabura, tomo V.

Un texto interesante, en este sentido, es el abordado por Waldemar Espinoza Soriano en el libro Los cayambes y carangues: siglos XV-XVI, el testimonio de la etnohistoria. Colección Curiñán, Tomo I, Instituto Otavaleño de Antropología, 1988. Allí se anota: “Casi todos sus remedios de la farmacopea, que en quechua recibe el nombre de yuyu hampicap (yerbas para curar). Entre ellas eran muy populares la pimpinela y el tabaco, para sanar heridas y descalabraduras. Conocían las virtudes terapéuticas de la chilca, de la ortiga, etc.

La tierra cálida de Pimampiro abundaba en yerbas medicinales. Para los indígenas, casi todas tenían tales propiedades. Al purgante lo hallaban al alcance de su mano, siéndoles necesario solo conocer la cantidad para ingerirlo según el deseo de cada cual, con el objeto de expeler las heces. Los obtenían de unos arbolitos de hojas pequeñas, muy blancas y suaves al tacto. A otro tipo de purga o purgante le denominaban mosquera: arbolillo del que utilizaban la corteza de la raíz, de efectos espectaculares. Sobre la farmacopea Carangue escribió en el siglo XVI un grueso volumen un doctor llamado Heras, texto que, desafortunadamente, se ha perdido.

De conformidad a las concepciones carangues, las plantas tenían y siguen teniendo sexo y sensibilidad. Por ejemplo, existía allí el sauce macho, distinguido por su forma puntiaguda. Al de ramas colgantes le llamaban sauce hembra. Al papayo le decían chamburu y chilvacan, que son dos variedades. Hay un árbol llamado carachi (Rhus juglandifolia), venenoso y urticante en exceso”. (O)

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