Miércoles, 19 Octubre 2016 00:00 Columnistas

Mea culpa

Lucrecia Maldonado

Por cosas de la vida, en las últimas semanas tuve un reencuentro épico. Sucedió así: el cantor de tangos Martín De León, cuya amistad me honra, vino a Quito, y en una serie de sucesos concatenados, que es muy largo detallar aquí, reencontré e identifiqué una de las voces tangueras que marcaron mi adolescencia, en donde yo era una niña rara a la que le gustaba el tango, debatiéndose en una generación en la que a todo el mundo le gustaba cualquier cosa, menos eso. Esa voz reconocida y recuperada fue la del gran cantor y bandoneonista Rubén Juárez.

Bueno, al escuchar el tango ‘Confesión’ (“Fue a conciencia pura…”) en la voz de Rubén, me permití afirmar ante una o dos personas cercanas que, para mí, la letra de ese tango, escrita por Enrique Santos Discépolo, era el más desgarrador, triste y bello poema de amor de la lengua castellana. Qué Neruda, qué Miguel Hernández, dije, qué Pedro Salinas… tal vez solo se salvaba de mi rasero el gran Garcilaso de la Vega (el de los sonetos y las églogas, no el Inca). Y luego, como si fuera poco, me llegó otra joya del gran Discépolo: ‘Tormenta’, el tango que habla del desolador sentimiento que nos invade al saber que nuestra bondad no ha servido ni siquiera para sentirnos bien. Al escucharlo pensé en el Rey David y sus desgarrados salmos que hablan del abandono de Dios y lo increpan desde un corazón atormentado y roto.

Tres días después, como poniéndome a prueba, saltó la noticia de que el premio Nobel de Literatura se lo habían otorgado a Bob Dylan. En un principio, me sentí desconcertada. ¿A quién? ¿A un cantante, en lugar de a un ‘escritor de verdad’? Aparte de la amnesia, me agarró la deformación profesional de escritora de libros y profesora de Literatura, de esas que no me gusta ser, que mandan a aprenderse de memoria las figuras literarias y que luego obligan a sus estudiantes a ‘cazarlas’ en medio de abigarrados e incomprensibles textos que parecen escogidos con el único afán de elevar las tasas de fracaso escolar a techos inalcanzables.

Mucha gente se indignó con la concesión de este premio. Otras personas comenzaron a buscarle un número indeterminado de patitas extras al gato del Nobel. Pero al ver los argumentos en contra y a favor a mí me surgieron algunas preguntas. La primera: ¿por qué no se hace igual bulla y retahíla de cuestionamientos con los premios Nobel, por ejemplo, de Física, de Medicina o de Economía? Bueno… será porque como casi nadie se cree (o realmente lo es) experto en estas ciencias o disciplinas, se lo pueden estar dando a cualquiera y estará muy bien.

Entonces, más allá de la indignación de los académicos y de los que catalogaban a Dylan de un rockero con pretensiones de poeta (la ignorancia vestida de oropel), me acerqué a su figura, que ya admiraba como cantante y representante de uno de los más grandes y justos movimientos de protesta contra la hegemonía brutal del imperio del mundo actual. Poeta él, aunque ahorita mismo las editoriales y librerías de todo el mundo estén angustiándose porque de seguro no tendrán nada que poner en sus estanterías a la vista para alimentar el mercado de cierta cultura.

Artesano y artista de la palabra, como Discépolo, como Serrat, como Cohen, como Chico Buarque o Violeta Parra. ¿Por qué no darle este cuestionado premio, que ha tenido ya varios patinazos, sobre todo en lo que a su modalidad de ‘premio Nobel de la Paz’ se refiere? ¿No será una manera de reivindicar un galardón que en otras ocasiones se lo ha negado a grandes escritores por motivos no del todo claros ni contundentes? ¿No será, finalmente, que el premio Nobel, en su modalidad de Literatura, por una vez ha bajado a la calle, se ha mojado de barro los zapatos y le ha hecho justicia a la poesía de las esquinas, a la que canta o solloza los miedos, las penas y las dudas de la gente común? (O)

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