Jueves, 11 Mayo 2017 00:00 Columnistas

Madre coraje

Aminta Buenaño

Yo vengo, madre, de tus grandes ríos arteriales, yo procedo de un corazón valiente, mecha de grandes creadoras, de mujeres que hilvanaron historias en el frente de la cocina, de mujeres que fraguaron en el fuego de las guerras la piedra filosofal de la paz; de mujeres que ocultaron su nombre en la obra de arte porque se les prohibió volar, pero dejaron impresas en sus hijas las huellas de la inteligencia, de la insubordinación y la rebeldía.

Madre, yo vengo de ti y arrastro tu rebeldía callada que se ha hecho metástasis en mí. Yo procedo de la línea de combate silenciosa, de aquella que como el agua es delicada y potente, de aquellas que sacrificaron sus vidas en una red de resistencia, para que las que viniéramos después no tuviéramos que sufrir la esclavitud del cuerpo, y del combate contra la desigualdad infligida no por Dios ni la naturaleza, sino por aquellos que aman la guerra por sobre la vida y la paz.

Madre, yo vengo de ti y de la abuela Flor María que tuvo catorce hijos y una vida inocente, de la bisabuela Dídima que murió santificada en el escándalo, de la tatarabuela Gregoria que tuvo dieciocho hijos soldados y una sola hija que la cuidó hasta su muerte. Sus senos de leche amamantaron ejércitos de hombres sedientos, de pueblos enteros que se alimentaron con sus vidas, que se colmaron de sus ternuras, de la vigilia ardiente y afiebrada de sus cuidados.

Madre y entre todas aquellas mujeres arrebujadas alrededor del fuego ancestral, entre el corro de brujas, curanderas y abuelas, entre todas nuestras antepasadas enmudecidas por la historia; tú te levantaste como una guerrera, como aquellas amazonas que se cortaban un pecho para manejar las armas; tú, te pusiste de pie, clamaste a la vida por tus hijos, por ti; apuraste tus días en la llama de la lectura y te convertiste en el faro sabio y fecundo que nunca dejó de alumbrar los senderos por los que se desparramó, sin timón ni capitán, el torbellino de tus hijos.

Madre, la inteligencia y la fuerza la tengo de ti. Tu bravura e hidalguía me enseñaron a caminar y tu fiereza a desentrañar la vida. También la ternura y el asombro ante el mundo recién parido y el amor por las letras que nunca mueren. También las rabietas y el desengaño y las maneras injustas y arrebatadas de ver las cosas y las serenas angustias. Lo bueno y lo malo vino de ti, pero rescato tu ejemplo, tu fiereza ante la vida, tu descomunal optimismo y la guerrera valiente y heroica que frente a las tardes plomizas disparó siempre los pájaros de sus sueños.

Madre, en esta tarde lluviosa y fría como mi pena, te recuerdo. Mi memoria se extiende como un pañuelo y no quiero llorar ahora que el demonio interno de tu enfermedad te devora como el águila a Prometeo, que consume tu cuerpo con un martirio injusto y colosal. Y aun allí nos das ejemplo. Ni una lágrima has derramado, ni un lamento ha surgido de tu garganta, tan solo tu amor que se derrama como una jarra partida por el más débil de tus hijos pide tiempo a la muerte. Protectora madre hasta en tu cruz.

Madre, en estas horas tristes en que te evoco, en que la sangrienta carnicería de los años se ha cebado en ti y un vampiro te devora lentamente, vuelvo a ser la niña que busca consuelo y refugio en tu vientre, y solo encuentro la memoria y el fantasma de tu fuerza.

Madre, yo me pregunto, ¿qué pasó con tus sueños? Madre, me pregunto en estas horas de incertidumbre: ¿qué quedó de ti…? y tus enormes ojos negros se han detenido en el precipicio de mi pena y me han dicho sin decir: Tú… (O)

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