Miércoles, 22 Febrero 2017 00:00 Columnistas

Luis Alberto Luna Tobar: palabra para mañana

Padre Pedro Pierre

La gran personalidad de monseñor Luna ha sido reseñada en numerosos medios de comunicación nacionales e internacionales. Tuve la suerte de conocerlo y relacionarme fraternalmente con él. Lo recuerdo como el amigo cercano que trataba de ser atento y fiel a los desafíos de la realidad de nuestros tiempos. Apreciaba semanalmente sus artículos periodísticos, su valentía para decir las cosas como debe ser. Al desaparecer físicamente de entre nosotros nos deja unas huellas firmes y claras, no para añorar el pasado o querer regresar a él, sino para avanzar y hacer que sus sueños y los nuestros se hagan más realidad, tanto en la Iglesia como en la sociedad.

Hace varios decenios, monseñor Luna hacía parte de los ‘obispos amigos’ en torno a monseñor Leonidas Proaño: eran unos 10 que se reunían regularmente. Habiendo estado unos en el Concilio Vaticano 2º y asumido sus orientaciones, habían decidido vivir en sus diócesis el Pacto de las Catacumbas. En ese documento liderado por monseñor Helder Cámara, de Brasil, se comprometieron principalmente a seguir a Jesús optando por los pobres y la pobreza. Monseñor Luna fue uno de ellos: “En su vida enfrentó a los soberbios y compartía el maíz con los humildes”, como escribió estos días un amigo común.

No solo soñó con una Iglesia renovada, sino que se pasó la vida haciéndola así. Quería que la Iglesia sea la ‘Iglesia de los Pobres’, tal como lo deseó el papa Juan 23 en vísperas del Concilio. Formó generaciones de sacerdotes comprometidos con los pobres. Nombró a innumerables seglares, en particular mujeres y jóvenes, en espacios de decisiones y en tareas eclesiales. Confirmó a todos aquellos que luchaban por los derechos humanos y de la naturaleza y que se comprometían en organismos y movimientos cívicos. Apoyó a comunidades que se organizaban para crear una Iglesia viva, participativa, transformadora de la sociedad con miras al Reino de Dios.

Sabía defender a las personas y grupos atropellados, como fue el caso de la muerte violenta de monseñor Alejandro Labaca y de la hermana Inés Sarango en la Amazonía: “No fueron los tagaeri los que mataron a Alejandro e Inés, sino los que violentaron a esos indígenas para una palma africana más o un litro de petróleo más”. Así lo escribió en uno de sus artículos semanales.

Felizmente el papa Francisco vuelve a impulsar las grandes intuiciones del Concilio Vaticano 2º y la 5ª Conferencia Episcopal Latinoamericana celebrada en Aparecida, Brasil, hace 10 años. Allí tenemos caminos confirmados para revitalizar la Iglesia católica y enmarcarla en su misión de transformación personal y social. El año que viene va a tener lugar en Roma un sínodo, o reunión de obispos, sobre y con los jóvenes “porque muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor”.

La mejor manera de recordar a monseñor Luna es hacer realidad lo mejor de su mensaje y de su ejemplo. Nuestra amistad y nuestra admiración por él nos exigen continuar lo más significativo de lo que él mismo testimonió a lo largo de su vida. (O)

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