Los pendejos no están de moda

- 30 de Agosto de 2017 - 00:00

¿En qué momento se jodió la honradez pública en Ecuador? Ser persona justa y desinteresada con el bien ajeno, público o privado, equivale a ser un pendejo. Y te lo gritan en la cara, fuerte, claro y con bastante saliva. ¿Cuándo se viró para peor la tortilla? En Argentina ocurrió antes de la crónica tanguera ‘Cambalache’, por 1934. Amargo consuelo: “el que no llora no mama, y el que no afana es un gil”. Así mostró su inconformidad Enrique Santos Discépolo.

En Ecuador no se sabe, pero la picardía no comenzó con el grupo Odebrecht ni el arca abierta de la refinería; hacer travesuras con el dinero público es cruel señal de ‘político buena gente’, porque hay que lanzar migajas a los mastines, si no muerden los talones. O sea se afana en gajo, una yakuza sin tatuajes y con omertá calabresa. La picardía de saco y corbata se sofisticó tanto que las mafias están solicitando capacitación.

Ahora mismo desacreditar la honestidad es bien visto y consigue más likes que el buen nombre de alguien. El inefable prestigio de los sabidos (no se deriva de sabiduría) es proporcional al bulto de dinero público acarreado como propio. Nadie quiere la calificación de ‘gil’, ‘pendejo’, ‘cojudo’ y otros sinónimos, aunque seamos mayoría quienes cumplimos el séptimo mandamiento de la tabla de Moisés.

Es decir, aunque provoque sarpullido el calificativo, los ‘pendejos’ somos más. Pero las dudas están ahí, igual que un eclipse total de sol. Si se dice que fulano o fulana es honrado u honrada, no se le “viene el firmamento encima” (verso de Antonio Preciado), pero por poquito. Se inventan leyendas urbanas: “que la tiene tapiñada”, “que está invertida en bienes raíces”, “que el man sí se las sabe completas”, en fin. Ya lo dijo el hermano Tego Calderón: “El beneficio de la duda cualquiera merece”.

Magnífica estrategia de los choros de cuello blanco (¡bien dicho el color!) de Ecuador, alta ingeniería social del cinismo al mezclarnos en la “vidriera irrespetuosa de los cambalaches” y son ellos quienes reparten la moral a la caretucada, de paso se sirven con el cucharón y a los demás con la cucharilla. Después de tal asociación perversa cualquiera sale herido por un sable sin remache y si la Biblia llora su infortunio todos niegan ser tales.

Paradoja tanguera, cada quien tiene su lugar en el mapa de la sospecha, aunque el bandolero exhiba al descaro lo mal habido y parezca más respetable que el arranchador de la esquina. Y no es leyenda de barrio, más bien es la neta y pura verdad.

Fue así como se jodió la honradez colectiva e individual. Esta jam-session llega al punto caramelo de la indecencia en nuestro país: el problema no es el billetaje robado, no faltaba más, es que fueron trincados. Con el irrespetuoso apelativo que nos castiguen, también así somos mayoría.

Sin embargo, cuando hablamos de ética como operatividad moral de la persona, nos escarnecen: “¿Y eso con qué se come?”. La Liga Extraordinaria de la Deshonestidad (LED) gobierna la opinión. Amén. (O)