Miércoles, 30 Noviembre 2016 00:00 Columnistas

Los hombres no son dioses

Lucrecia Maldonado

No ha nacido todavía el ser humano que pretendiera cambiar la realidad sin que hubiera algún costo emocional, económico o social para otro sector de la población. No se puede satisfacer a todo el mundo, o como dicen por ahí las abuelitas: “Nadie es monedita de oro”. Y así es. Las grandes transformaciones de la humanidad siempre se han hecho a costa de lágrimas y sangre.

El heroísmo con frecuencia se acerca demasiado al horror. Porque, bien puestos a mirar, ¿por qué son héroes la mayoría de nuestros héroes? Casi siempre por haber participado en guerras y batallas en donde de seguro no estuvieron rezando el rosario en un rincón apartado de la refriega, en la cual se suelen disputar los espacios de poder o de transformación. El reclamo que siempre se hace a los héroes del bando contrario es que ‘mataron gente’, como si los propios no lo hubieran hecho. Y de hecho, existe otro tipo de héroes que no mataron a nadie, pero, paradójicamente, perdieron la propia vida en el sendero de la búsqueda de un mundo mejor que el que tenemos: Jesús (si se llega a demostrar su existencia histórica-real), y en nuestros tiempos, ya más cercanos, personajes de la talla de Mohandas Gandhi o de John Lennon, brutalmente asesinado por un desquiciado una noche de diciembre de 1980.

La especie más asesina y depredadora sobre la Tierra es la especie humana. Pero también es la especie que no se conforma con lo que considera malo para ella y su desarrollo. Eso la ha llevado a modificar el ambiente casi casi hasta llegar a un punto de no retorno. Y muchos personajes han querido también hacer transformaciones en las sociedades en que han vivido, considerándolas injustas e inequitativas para las mayorías. Y es ahí donde relumbran personajes como Fidel Castro o el ‘Che’ Guevara.

Cuando la luz enceguece, la sombra crece. Toda revolución pasa una ingente factura a la vida cotidiana de aquellos a quienes ha pretendido beneficiar, entre otras cosas, porque no está muy claro qué es lo que, más allá de la condición colectiva de ‘humanidad’ los seres humanos individuales consideran un real beneficio. Una vez satisfechas ciertas necesidades básicas, lo que se busca es otro tipo de satisfacciones: crecimiento económico ilimitado, libertad de movilización, etc., etc., etc…

Desde este lugar no se sabe exactamente cómo habrá sido vivir en la Cuba de Fidel Castro. Es difícil sostener una discusión ni con los admiradores irrestrictos, así como con los detractores intransigentes porque jamás habrá suficientes argumentos. Recuerdo, sin embargo, una profunda frase de William Shakespeare en su Otelo, que resume la carencia humana con la siempre magistral precisión del bardo inglés: “Los hombres no son dioses”. Los héroes de buena fe hacen lo que pueden, lo que creen idóneo. Siempre creeré que el altruismo de buscar algo mejor para todos es preferible a perseguir la expansión del dominio de unos pocos o construir un muro para impedir la entrada de los condenados de la Tierra al Paraíso.

Difícil hablar desde fuera de las afectaciones de la Revolución Cubana a la vida cotidiana de los ciudadanos de la isla. En este sentido, la lección de ese lejano Fidel Castro que acaba de pasar a la historia va más bien por la valoración de un ser latinoamericano más allá del servilismo, del entreguismo, del desconocimiento del propio valor y de las propias potencialidades. El ejemplo de vida que deja es el de la dignidad de los pequeños. El imperio bloquea, cercena, ironiza, pone trabas, se burla… amenaza para disimular cuán amenazado se siente. Los héroes se pueden equivocar, pero algunos se quedan brillando con luz propia más allá de las proyecciones de su propia sombra. Muchos, Fidel entre ellos, hicieron lo mejor que pudieron con lo que tuvieron. El costo puede haber sido muy alto, y todo dolor merece respeto, pero quien no hace nada nunca yerra. Los hombres no son dioses. (O)

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