Jueves, 01 Diciembre 2016 00:00 Columnistas

Las futuras batallas de Fidel

Jaime Galarza Zavala

Es la noche del  martes 29 de noviembre. La enorme e histórica Plaza de la Revolución desborda de incontables millares de cubanos que cantan sin fatiga -durante varias horas- el nombre del líder que acaba de morir, pero que aquí acaba de renacer: ¡Fidel, Fidel, Fidel! Son las voces ardientes de tres generaciones las que aquí se levantan al unísono: los sobrevivientes del Gramma de 1956, los hombres y mujeres formados luego del triunfo de la Revolución, 1 de enero de 1959, y lo más impresionante y contundente: la novísima generación, esa multitud de chicas que entonan aquel nombre con arrebatos de amor, y esos chicos que, al mismo tiempo, alzan sus brazos que se muestran desde ya poderosos.

Esto mientras Rafael Correa abre la ronda de oradores y es ahogado a cada instante por una oleada de aplausos, especialmente cuando afirma que el Comandante en Jefe no se fue y que se queda entre nosotros para siempre. Luego del Mandatario ecuatoriano pasarán por la tribuna los más diversos representantes del planeta: de Sudáfrica y Namibia, de Argelia y Catar, de Irán y Grecia, de Rusia y China, de Bielorrusia e Irán, de El Salvador, de las pequeñas islas del Caribe, la Nicaragua sandinista, la Venezuela bolivariana y chavista, la Bolivia de los indios y los mineros, un prototipo de gobernante progresista, en fin, de todas partes. Incluso del entrañable México, que se hace presente a través de su mandatario Peña Nieto. Todos aclaman el mismo nombre con suficiente fuerza como para que se oiga a 90 millas hacia el Norte, sin lograr que se destapen las orejas de Donald Trump, el cual sigue martillando sobre el ‘dictador brutal’ y exigiendo que Cuba cambie de alma y corazón si quiere la amistad del imperio todopoderoso.

De allí que el guerrero antiimperialista por excelencia deba enfrentar nuevas luchas por la independencia de Cuba y de la Patria Grande: América Latina y el Caribe. Pero además nuevos combates contra el colonialismo redivivo por mandato del imperio, por la unificación de los pueblos del continente y del mundo, por la paz universal  y por “esa especie en peligro de extinción, que es el hombre”, como lo advirtiera el profeta de Sierra Maestra en Brasil en 1990, cuando la reunión de jefes de Estado del planeta para defender el medio ambiente.

Hay también otras luchas enormes y urgentes a cargo del incansable combatiente: la defensa de las revoluciones, del pensamiento revolucionario y de la formación revolucionaria en todas partes, pero especialmente en nuestra América, donde los gobiernos de izquierda y progresistas han sufrido aparatosas caídas y las seguirán sufriendo mientras no combatan a pie firme y con hondura a esos tres enemigos internos que son  el sectarismo, el dogmatismo y el burocratismo que, en conjunto, son el mejor caldo de cultivo de la corrupción  que enardece, agobia y subleva a los pueblos, especialmente a las masas marginadas y excluidas.

Sobre estos tópicos volveremos en próximas ocasiones. Por ahora, se nos permita sumarnos al dolor y a la esperanza que cobija a las multitudes del orbe, y que sin duda son mucho más agudos para quienes estrechamos más de una vez la fuerte mano del Comandante en Jefe desde los días iniciales de la Revolución triunfante. (O)

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