Jueves, 22 Junio 2017 00:00 Columnistas

La virtud

Tatiana Hidrovo Quiñónez

La palabra ‘virtud’ está ligada al pensamiento moderno y, por lo tanto, a la noción de una conducta cívica, considerada desde hace unos 700 años como el conjunto de prácticas para la realización del ‘bien común’, otro de los conceptos propios de la cultura occidental. Desde el año 1300 d.C. se recrearon en Italia las reflexiones de filósofos de la antigua Grecia sobre la ética y las virtudes cívicas, con la finalidad de lograr una convivencia entre facciones y salvar la existencia de pequeñas unidades políticas.

Debía prevalecer al menos un equilibrio entre el interés particular y el bien común, so pena de que sus ciudades-Estado desaparecieran por la concentración de riquezas y poder en uno de los grupos. Desde entonces algunos pensadores lugareños definieron la ‘virtud’ como el equivalente a la honradez, la perseverancia, la verdad y la vocación por la justicia, valores y prácticas necesarias para lograr el bien general. Lo opuesto a la virtud era la corrupción, el mal, la mentira y, por supuesto, anteponer maliciosamente el interés particular, impidiendo el bienestar colectivo.

En tiempos de las repúblicas modernas los valores cívicos formaron parte de la retórica y el discurso, aunque siempre hubo hombres y mujeres que los acogieron para orientar sus acciones, tanto en el espacio público como en el privado, motivados por el naciente sentimiento patriótico y por la idea de que era necesario regular el ‘interés’ para lograr la convivencia.

El debate sobre las virtudes fue, por supuesto, un campo de disputa con las religiones católicas y protestantes que, de acuerdo a cada momento histórico, buscaron ejercer la potestad no solo para definir el bien, el mal y la moral, sino también las virtudes políticas. En tiempos posteriores -siglo XX- la reflexión sobre las virtudes cívicas fue un asunto tratado por intelectuales en la esfera de la educación laica. Sin embargo, en el espacio privado, según fuera la tendencia del patriarca, el problema era abordado desde la filosofía o desde la religión. Consolidados los medios de comunicación privados, tanto impresos como audiovisuales, estos también se convirtieron en difusores directos o disimulados de un tipo de ética muchas veces funcional a los intereses de la burguesía.

En ‘tiempos líquidos’, acepción usada por Bauman para caracterizar la indefinición de la sociedad actual, el tema de las virtudes cívicas y la ética quedó en el limbo, dejó de ser un asunto de interés de los poderes institucionalizados y fácticos, en la medida en que se impuso la doctrina de una libertad mercantil sin límites, abocada a favorecer sin obstáculos la acumulación desequilibrada de la riqueza en determinados grupos, para los cuales el problema a resolver ya no era el de la convivencia, sino el de la competencia en el libre mercado, fuera del encuadre de la virtud y de la responsabilidad social.

La contradicción del sistema, exacerbada por el ultraliberalismo o neoliberalismo, está poniendo en riesgo a toda la sociedad, de una manera tan directa que la necesidad de reafirmar las virtudes cívicas y el objetivo del ‘bien común’ se han constituido de pronto en una tarea urgente para salvar un precario equilibrio.

En América Latina se abre al menos la posibilidad de abrir un renovado espacio filosófico, que puede nutrirse no solo de los clásicos principios occidentales relacionados con las virtudes, la ética y el bien común, sino también con valores inherentes a nuestras culturas ancestrales, que desde tiempos inmemoriales enuncian ‘Ama llulla, ama shua, ama quilla’, conductas englobadas en una noción un poco difusa llamada Buen Vivir, cuyo núcleo es la vida en armonía. (O)

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