Jueves, 01 Junio 2017 00:00 Columnistas

La venganza de Remedios, la bella

Juan Carlos Morales. Escritor y periodista ecuatoriano

El inicio de los cuentos de influencia medieval nos llevan a un no lugar: “Érase una vez, cuando los animales hablaban”. Desde el primer párrafo, casi podemos advertir la tensión. Allí está el Quijote: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”.

Según la revista francesa Lire el mejor inicio de novela del siglo XX fue Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, que en estos días cumple su primera edición de 8.000 ejemplares, allá en Buenos Aires, y ahora supera los 50 millones de libros vendidos y más de cien ediciones sobre la mítica familia de los Buendía en un Macondo que podría ser nuestra América.

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. La escritora Cristina Rivera Garza, en estos días, parece haber encontrado una similitud de este primer párrafo con un fragmento de Pedro Páramo, de Juan Rulfo, que influyó en el escritor de Aracataca.

“El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de la cama lo tuvo despierto y después lo obligó a salir. Fue la noche en que murió Miguel Páramo” (Fragmento 39).

Otro inicio memorable es el de La metamorfosis, de Franz Kafka, a quien el escritor colombiano lo leyó siendo joven en las soledades y el frío de Bogotá: “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto…”. Además, de William Faulkner, quien también tuvo un abuelo coronel en la Guerra de Secesión, en Estados Unidos.

En la edición de la Real Academia Española (RAE) hay notables ensayos para entender este libro abierto. Señala Claudio Guillén: “Es evidente que Cien años es una invención sincrética que supone la existencia de buen número de géneros literarios previos –la poesía épica, Las mil y una noches, el libro de caballerías, la crónica de explorador o descubridor, el cuento oral o popular, el cuento culto novella, el costumbrismo del siglo XIX, la novela de los siglos XIX y XX, incluida la novela de aventuras, la poesía simbolista o postsimbolista, como así mismo de antiguos mitos bíblicos y grecolatinos”.

Obviamente, cada lector tendrá su propia interpretación de esa magia que es Macondo, aunque poco se ha insistido en que muchas de las novelas, incluida El amor en los tiempos del cólera, tienen como detonante lo que el pequeño Gabo vivió con su abuelo, además del sistema matriarcal de la casa, con personajes como aquella Úrsula que encuentra el sendero para salir de la ciénega.

De los capítulos hay uno memorable, cuando los habitantes de Macondo tienen que colocar letreros a las cosas porque han olvidado cómo nombrarlas. En fin, el asunto de la memoria transcurre por este libro donde Melquiades, como si fuera un cuento borgiano, trama su historia en un pergamino. Y, claro, allí está Remedios, la bella, matando de amor con sus desaires. (O)

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