La venganza de Cantuña

- 06 de julio de 2017 - 00:00

Dos libros fundamentales están atribuidos al divino Homero -algunos dicen que era un aedo, que significa cantor, ciego-, La Ilíada y La Odisea. El primero inicia así: “Diosa, canta del pelida Aquiles la cólera desastrosa que asoló con infinitos males a los griegos y sumió a la mansión de Hades a tantas fuertes almas de héroes que sirvieron de pasto a los perros y a todas las aves de rapiña”.

El segundo relata las asombrosas aventuras de Ulises, quien no podía volver a la amada Ítaca, bajo la maldición de Poseidón: “Musa, dime del hábil varón que en su largo extravío, tras haber arrasado el alcázar sagrado de Troya, conoció las ciudades y el genio de innúmeras gentes”. La Ilíada es un libro de guerras, de traiciones, de embustes de un prodigioso caballo de madera; el otro, en cambio, nos muestra a los cíclopes, sirenas, y a Ulises amarrado al mascarón de proa. El uno muestra las historias de las batallas y su épica, el otro de la mitología y sus seres fantásticos. Los dos libros, en su tiempo, eran considerados como historias reales y nacieron de la tradición oral. En La Ilíada, en su primer párrafo, habita la muerte en la ira, los héroes comidos por los perros y las aves de rapiña, en La Odisea, nos promete las aventuras de un hábil varón perdido, después del combate, y el acercamiento a otras gentes. Y eso, porque desde el inicio de un texto, además de su tensión y su ritmo, podemos advertir su argumento.

Son diferentes miradas desde la época de los griegos, con un Platón que defendía el mito ante un Aristóteles que profesaba la razón. Y esta razón pura -a lo Kant- ha sido declarada como valor absoluto de la cultura de Occidente. Por eso los relatos de los abuelos y abuelas pasaron a ser una superchería porque el mito dejó de ser considerado como una revelación de los dioses.

Además, es una antigua disputa entre dos vertientes, la una iniciada por el primer historiador griego Heródoto, quien fue a Egipto para encontrar las simbologías de antiguas prácticas mortuorias, y la otra, por Tucídides, historiador militar, donde sus evidencias de causa-efecto dejan a un lado a la intervención de los dioses.

En Occidente, la historia de las batallas triunfó sobre los mitos. De allí que Pío Jaramillo Alvarado señalaba que: “Los viejos y cultos europeos han borrado nuestra prehistoria de una plumada irrespetuosa por haber encontrado las tradiciones de su origen confundidas con la fábula. El sentido de la historia no tiene la rigidez de un proceso judicial, y sus métodos son deductivos, inductivos, de observación y de experiencia. No es el testimonio escrito lo que siempre se ha de exigir sino que, en la naturaleza, en las capas terrestres y hasta en las convulsiones volcánicas, se han de rastrear los datos de la vida de un pueblo... nada hay tan respetable como la leyenda”.

Ecuador, como todos los países, tiene importantes mitos. Son parte sustancial de nuestra identidad y deberían ser enseñados como aprendemos sobre las batallas. Por este motivo, por allí anda suelto Cantuña, engañando al mismísimo diablo. (O)

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