Miércoles, 17 Mayo 2017 00:00 Columnistas

La tarea pendiente

Lucrecia Maldonado

Es de suponer que la política nació como una bienintencionada búsqueda del bien común. Sin embargo, como todo en esta vida, trae sombra, mirándolo desde una óptica que podríamos calificar de ‘junguiana’ (por Carl Gustav Jung). Según la misma filosofía del gran psiquiatra suizo, fundador de la psicología analítica, mientras más luminoso es algo, más grande ha de ser la sombra que puede proyectar. Y está visto: en un campo fértil para la inteligencia, para la negociación inteligente, para el ejercicio de la solidaridad y de la tolerancia, en seguida se ve brotar los abrojos de la estulticia, de los forcejeos de opiniones y prebendas, del egocentrismo individual o colectivo y del sectarismo más enfermizo.

Más allá de eso, como decían los antiguos esotéricos, como es abajo es arriba, y como es adentro es afuera. Tal vez si se tomaran en cuenta estas máximas sabias que muchos menosprecian por no ser ‘científicas’ podríamos comprender por qué nuestras opciones y reacciones ante la política dicen más de nosotros que de aquellos a quienes apoyamos, criticamos o juzgamos en uno u otro sentido.

Sintomático es, por ejemplo, que una gran parte de la oposición se haya centrado en la supuesta ‘prepotencia’ y ‘tiranía’ (esto último debería, por lo menos, ser sustentado con datos numéricos comparativos ciertos y con una documentación apropiada) del Presidente saliente y no hayan visto por ninguna parte su inteligencia, su capacidad de trabajo y que de su manera de acercarse a la gente solamente puedan recordar la vez que mandó a callar a un hombre que le pidió ayuda en tono lastimero después del terremoto del año pasado. Memoria selectiva, que le dicen. O… ¿proyecciones de sombra?

Uno de los periodistas que más lo ha criticado como déspota, dictador y prepotente, por ejemplo, cuando tenía un programa nocturno no dudaba en llamar la atención al aire, de modo descomedido y violento a sus asistentes, a sus camarógrafos, productores o lo que fuera. Por citar solo uno de muchísimos ejemplos.

Lo triste, lo tristísimo, es que en un país de escasas lecturas y razonamiento basado exclusivamente en los tres últimos rumores, en un país que cree a pies juntillas lo que cuentan los noticieros y piensa que ciertos periódicos son los santos evangelios, se hace muy difícil un discernimiento profundo de cómo son las cosas y una búsqueda honesta y minuciosa de las causas y los efectos que funcionan en nuestra vida política.

Ardua y dura es aún la tarea de cambiar mentalidades, de abrir mentes, de sosegar y limpiar corazones, de pedir discernimiento y de suponer que ante un rumor lo mínimo que se podría hacer es contrastarlo con la realidad inmediata antes de crear bolas de nieve repletas de clavos.

Ardua y dura es la tarea de elevar los niveles de consciencia de personas acostumbradas, por un lado, a construir con falsedad y cizaña sus reductos de poder, y por el otro, de sentirse cómodas en su ignorancia, y vivir esperando que les ‘den pensando’ y que les ‘den haciendo’ lo que por ellas mismas tendrían que conseguir y comprender. (O)

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