Miércoles, 04 Enero 2017 00:00 Columnistas

La renta placentera del cuerpo

Juan Montaño Escobar

El sexo, más allá de armonía social y gozo de sus ejecutantes libres y conscientes, es política. Arruinada la armonía del ser social colectivo (existencia placentera compartida a voluntad sin ninguna reclamación) es oferta de trabajo, o sea la renta del cuerpo sin coacción de terceros, que no sea la real o supuesta necesidad del ingreso económico.

El trabajo sexual como oferta económica individual (sin condición esclavizante) es tolerado por el Estado como ejercicio de derecho ciudadano. Un día de olvido se convirtió en el absurdo romántico del ‘oficio más antiguo de la humanidad’, fue el pretexto esperado por cierta sociología marxista para inventar aquello de ‘trabajo sexual’. Las mujeres, forzadas por el proxenetismo ranflero o sofisticado, se convirtieron en trabajadoras sexuales. Así se escondió la opresión de millones de mujeres en todo el mundo y aquello se volvió factor político fanoniano.

Mediante el contenido de legitimidad del trabajo sexual se facilitó el tráfico de mujeres dentro y más allá de las fronteras nacionales. El turismo sexual es parte atractiva de la oferta, a la cotidianidad conversacional ingresó el vocablo ‘prepago’ y ahora estamos colmados de inútiles tratamientos del tema (talleres, seminarios, convenciones, tesis de grado y no sé si hasta esta jam-session). La organización del lenguaje por el beneficiario de la opresión, además de consagrar su narrativa, obtiene legitimidad popular y provechosa complicación jurídica. Sí, acertaron, el capital (mal habido por perverso) sobre el trabajo. Un capital rentista de esos cuerpos desechables a cierta edad establecida por el mercado de hombres y robustecido por la ideología del patriarcado, que bendice el machismo.

No se trata del miércoles moralista de este jazzman, las primeras líneas me salvan de esa sospecha, es evidenciar a los mercaderes de mujeres jóvenes y la complicidad política y académica de quienes andan por ahí poniéndole apodo a ese sistema de opresión. Y al delito de tráfico de personas. Es mortificante eso de ‘trabajo sexual’, ¿se dan cuenta? ¿Acaso hay instituciones que den capacitaciones para cumplirlo con calidad y calidez? Ironía ácida: la clientela prefiere el anonimato. Hay control estatal sanitario y no de calidad (se habla de actividad), ninguna siente orgullo por su profesión, mueren de a poquito en la resignación y a la discusión del tema no llegan las ‘obreras del placer rentado’. ¡Ja!

Si no van ellas, ¿quiénes están? Igual que cuando se refieren a otros grupos oprimidos, en las mesas de expertos se aprietan académicos (¿van a los burdeles?), feministas dudando entre el árbol y el bosque, fundaciones y departamentos institucionales de género quemando tiempo en paliativos y ese público ‘sensible’, jazzman incluido, que gusta escuchar frases complejas y divinas. Y de inutilidad absoluta. Mientras tanto, la industria (no de trabajadoras) de la prostitución continúa produciendo víctimas y ganancias. (O)

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