Viernes, 01 Septiembre 2017 00:00 Columnistas

La política del dinero electrónico

Sebastián Vallejo

El dinero electrónico, aquel que hizo temblar el futuro de la dolarización con su sola mención, ha sido entregado a la banca privada. Moreno oficializó esta semana el paso de la administración del dinero electrónico a la banca privada, un viso más de su plan de gobierno. Queda por ver los controles y regulaciones que el gobierno va a imponer, porque, como ustedes saben, a los bancos les encantan los controles y regulaciones.

También quedará por ver cuáles son los efectos de esta transición copernicana del dinero electrónico, tanto en la democratización al acceso a los servicios financieros, como el alcance y seguridad que pueda tener. Pero hay que entender esta decisión del gobierno, no solo como una postura económica, sino como una postura política. Porque, al final, en estos momentos esa rueda de prensa de Moreno con los representantes de los bancos dice más como declaración política, que como política económica.

Primero, lo que no es. No es, como afirma el editorial de EL TELÉGRAFO del 30 de agosto, la dosis de confianza que el dinero electrónico necesitaba. Decir que “la banca privada tiene confianza” en un país con nuestro pasado es, por decirlo de alguna manera, complejo. Ciertamente, ya no es aversión a los bancos de los primeros años de la dolarización, pero tampoco se puede decir que el Estado, bajo el gobierno actual o el anterior, goce de menos confianza. Tampoco es la pugna por un servicio valioso e influyente en la actualidad. Si bien los costos de operación del dinero electrónico son más bajos que los de la banca tradicional, y los servicios ofrecidos son más baratos para el cliente, en los primeros 2 años el dinero electrónico apenas movió $ 15 millones en transacciones de 288.000 cuentas activas (a enero de este año).

Aunque, es importante agregar, los bancos más grandes todavía no se han incorporado al sistema, lo cual seguramente limitaba su alcance. Situación que, dados los recientes cambios, pronto mejorará. Lo que sí parece ser es una reivindicación del poder financiero. Es una muestra política de su capacidad de presión. El mensaje político enviado es poderoso. En Carondelet, Moreno mostró una cordialidad y una simpatía hacia banqueros que no se veían hacía algunas décadas en el país. Los bancos privados salieron de la reunión con el dinero electrónico en la mano.

Ese dinero electrónico que en el gobierno anterior fue el nudo de la discusión sobre la continuidad de la dolarización. Ese dinero electrónico por el cual trajeron expertos internacionales para desmerecer. Ese dinero electrónico que fue parte de la lucha del gobierno anterior por demostrar su poder frente a la élite financiera. Ese dinero electrónico es ahora su trofeo de guerra. Y se lo llevan con la bendición del nuevo Presidente. Esa imagen es poderosa. Esa imagen es un aviso para quienes vendrán después.

Luego están los límites que se quiere imponer al Estado. El dinero electrónico representaba la posibilidad de maniobra que el Estado perdió el día que se dolarizó. Más allá del debate sobre los beneficios y perjuicios de la dolarización, el dinero electrónico le devolvía su capacidad al Banco Central. Servía como herramienta de poder, así sea simbólica, frente a la presión de las élites financieras. Era un mecanismo para recobrar parte de esa autonomía relativa que el Estado perdió cuando dejó de controlar la política monetaria.

La banca puede lucrar del dinero electrónico, o puede enterrarlo en algún cajón, pero lo que nunca hará es devolverlo. Y es esa la oportunidad, no solo que perdió Lenín, sino también la oportunidad que le está quitando al próximo gobierno. En este punto, es preocupante, tanto si Lenín tomó esta decisión consciente de lo que pierde, como si la tomó sin darse cuenta de eso todavía. (O)

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