Lunes, 03 Octubre 2016 00:00 Columnistas

La mitificación de las organizaciones sociales

Werner Vásquez Von Schoettler

El sábado pasado se realizó la V Convención Nacional de Alianza PAIS. Se presentó el binomio a la presidencia y a la vicepresidencia de la República: Lenín Moreno, Jorge Glas, el mejor binomio posible para los nuevos cambios que el Ecuador exige.

El presidente fue muy claro respecto a la unidad y los principios que rigen a la Revolución Ciudadana. La necesidad de la unidad pero “no a cualquier costo”, dijo, peor aún, al costo de atentar contra Alianza PAIS. Evidenció con claridad que “lamentablemente hay grupos que si no pueden apoderarse de Alianza PAIS prefieren destruirla”.  Y la crítica y advertencia es clave en todo momento, pero más en este tiempo de grandes disputas con una restauración conservadora desatada en atentar contra la democracia.

El juego de cierta izquierda que se cree la -voz- de las organizaciones sociales: “que proponen un Gobierno de organizaciones sociales (…) o de continuismo pero sin los mismos, con eso le dan de comer a la derecha y a la prensa corrupta. El problema real, sencillamente, es que no pudieron controlar a AP y mi Gobierno. Para ellos el más grande error es que gobernamos sin ellos que se creen los predestinados para hacerlo, así no ganen por sí solos ni media elección”. Una vez más evidencia el problema de la izquierda tradicional y su interpretación: ¿a quiénes representa? Para la izquierda tradicional la posibilidad de serlo está en ser la expresión de las llamadas “organizaciones sociales”, que de principio al final pueden terminar siendo todo o nada. Una abstracción, un discurso abarcante que por sí mismo generaría legitimidad, una -real legitimidad-  para gobernar, para ejercer el poder. El mismo problema es con las llamadas “bases”.

Otro concepto que se invoca por ciertas dirigencias para atribuirse una legitimidad social, poder. El mayor problema es que reconocer, identificar, esa legitimidad es como reconocer la legitimidad del ejercicio del poder, no en la ciudadanía, en el pueblo, sino en un “todo” superior que nada difiere a como se gobernaba antes del mundo moderno. Por supuesto que hay organizaciones sociales, de todo tipo, de izquierda, de derecha.

Organizaciones con bases reales en los territorios, con luchas sociales acumuladas, con capacidad de movilización o que perdieron esta capacidad y se replegaron a organizaciones como tal, es decir, que aglutinan a personas con objetivos pero que políticamente perdieron la capacidad de propuesta social a la sociedad entera. Peor aún la maquinaria discursiva de juntarse, algunos para dar discursos, y proclamar que son “una organización social, popular, un frente” y listo como por arte de magia, casi alquimia, lo popular ya está en ellos. Y se acabó la historia. Se convierten de la noche a la mañana en organizaciones sociales, en frentes, colectivos, etc.

Y desde ese discurso invocar que son lo popular y si no se gobierna con ellos, entonces el Gobierno no es ni social, ni popular. Ecuador es un gran ejemplo de que la mayoría absoluta de ciudadanos no pertenece a ninguna organización social; así es nuestra cultura política. ¿Entonces? Decir que las organizaciones sociales son el todo de lo social, es un craso error.

Simplemente se mitifica el concepto de organizaciones para obtener espacios de poder político, puestos, que no se han ganado legítimamente en las urnas. El problema no reside en las organizaciones sociales como tales, sino es supuestos –representantes- acostumbrados a ser los –ventrílocuos- de las mismas. El presidente ha sido claro: “El nuevo Socialismo no debe ser el representante de supuestas organizaciones que se apropian de la representación popular. Debe ser sin intermediarios, representante de lo ciudadano, de lo público”. Así es la lucha social, popular. (O)

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