Jueves, 31 Agosto 2017 00:00 Columnistas

La manufactura textil en la Colonia (2)

Jorge Núñez Sánchez - Historiador y Escritor

Es necesaria una reflexión sobre el carácter histórico del obraje colonial americano. Hay autores que sostienen que, mientras el taller artesanal era un centro productivo típicamente feudal, el obraje era una avanzada del capitalismo manufacturero, pues, aunque la producción se basaba en el trabajo manual, tenía una organización productiva más compleja que la del artesanado.

En efecto, se utilizaban máquinas movidas por tracción animal o energía hidráulica y existían relaciones salariales, inversión de capital y producción de mercancías destinadas a un amplio mercado continental. Estas características llevaron a que ciertos autores consideraran al obraje colonial como ‘embrión de fábrica’, industria colonial, industria manufacturera o ‘protoindustria’. Uno de ellos fue el mexicano Luis Chávez Orozco y otro es el ecuatoriano Manuel Miño Grijalva, quizá el mayor estudioso del obraje colonial americano.

Los obrajes surgieron en Quito a mediados del siglo XVI, sobre una base económica caracterizada por la falta de minas y la abundancia de recursos agropecuarios. La Sierra, donde existía buen clima y amplios valles con magníficas tierras y abundantes pastos, tuvo una pronta reproducción y crianza de los ganados traídos por los conquistadores, particularmente de cerdos y ovejas. A eso se sumó la producción de cereales andinos, que garantizó la alimentación y aumento de la población. De este modo, los grandes valles serraniegos y las verdes laderas andinas se poblaron de grandes rebaños de ovejas, que producían lana y garantizaban la producción obrajera.

Apenas fundada la ciudad de Quito ya se empezaron a repartir numerosas estancias para criar ovejas y ganado mayor (vacunos y caballares), tanto a españoles como a indígenas. Según Javier Ortiz de la Tabla, hacia 1550 el encomendero de Otavalo poseía 15.000 ovejas, y otro tanto de esos animales tenían varios caciques de Latacunga; en el área de Quito, a su vez, existían más de 2.000 pastores y en Ambato se calculaba que existían unas 600.000 cabezas de ganado lanar.  

Al mismo tiempo, los encomenderos se encontraban con dificultades para cobrar los tributos asignados a los indígenas de su jurisdicción y muchos indígenas deudores fugaban hacia las selvas o regiones donde no les conocieran.

Así, la definitiva implantación de los obrajes fue un medio para darles trabajo y cobrarles el tributo al rey, aprovechando la gran habilidad de los indígenas para hilar, tinturar y tejer fibras textiles. Para 1578, a 4 décadas de fundada San Francisco de Quito, ya existían en esta ciudad y sus alrededores unos 2.000 operarios textiles que laboraban en los obrajes, mientras que 3.000 gañanes cultivaban la tierra y 2.000 pastores cuidaban los rebaños de ganados. Y en Latacunga existían 6 obrajes y varios obrajuelos; uno de ellos destinado a la fabricación de pólvora y otro a la producción de sombreros.

En síntesis, el obraje fue un hábil mecanismo colonial para fijar la población en el territorio, extraerle toda su capacidad productiva y convertirla en base tributaria para sostener el sistema de encomiendas y aportes a la corona real.

También fue un espacio laboral atractivo para los indígenas, muchos de los cuales venían a ellos en busca de ocupación y de ingresos monetarios para pagar el tributo, pues preferían el trabajo en estas manufacturas a la terrible labor en las minas u otras tareas impuestas por los colonizadores. (O)

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