La incontinencia privatizadora

| 06 de Marzo de 2017 - 00:00

A días pasados de la primera vuelta electoral, los resultados cuantitativos dejan lecciones cualitativas tremendas. Para quienes militan en la izquierda tradicional, la pregunta: ¿cuál es su presente y futuro? porque visto desde los resultados electorales de la última década es evidente que no sintonizan con las mayorías, ni siquiera con aquellos que dicen representar.

Las consecuencias del desvarío ideológico, del coqueteo y concubinato surrealista con la derecha rancia y enemiga histórica, los deja mal parados y con un profundo descrédito social. No se diga de sus dirigencias anquilosadas, que cambiaron los valores de la izquierda del siglo XIX y XX, por el viejo liberalismo “pequeñoburgués” ya no de la lucha contra la burguesía y el Estado de clases, sino de la asociatividad y el cooperativismo electoral. Sus “mayores” figuras no ganaron nada.

En su desvarío llaman a votar por su acérrimo enemigo histórico, la derecha bancaria y oligárquica, simplemente porque no les fue bien, es decir, la gente los rechazó y ahora como a modo de castigo, desean con fuerza que gane su enemigo que ahora es su amigo porque este es enemigo de su enemigo. Un infantilismo tremendista. Lo bueno es que esa postura no incide prácticamente en el electorado porque el poco prestigio que tienen no va hacia el presente y el futuro, sino que queda en el recuerdo de un pasado de resistencia y lucha social.

Otro sector derrotado es la derecha que mezcló durante décadas fe y mercado: el que la mano invisible haría el milagro de hacer del Ecuador una sociedad más austera, recatada, mojigata y sumisa. Quien les gana es su enemiga acérrima, la derecha bancaria: léase aquella que emergió a mediados de la segunda mitad del siglo XIX y que no ha cambiado de mentalidad para nada.

Léase la historia. Esa derecha bancaria, que ha usufructuado del trabajo de las mayorías, comprando y vendiendo dinero, apropiándose del dinero, del circulante y, por último, que nos impuso una perversa dolarización, se ha convertido en la heredera, más inteligente de un neoliberalismo fracasado a fines del noventa del siglo pasado, que tuvo en un exmandatario -aquel que no le gustaba que le interrumpan los familiares de los desaparecidos, mientras escuchaba Mozart, Beethoven- su rostro más mortífero.

Esta derecha bancaria tiene un solo objetivo: privatizar lo público. Su gran revancha es poner a la venta todo el patrimonio, no del Estado, sino del pueblo ecuatoriano. Que lo que ahora es gratuito, no por dádiva del Estado, sino por derecho constitucional, sea pagado, que tenga un precio, que sea una mercancía como cualquier otra. Una visión retrógrada, maquillada de un discurso de cambio, de emprendimiento, bla, bla, bla. Que detesta lo público porque hace de las personas ciudadanos, cuando lo que buscan es que sean exclusivamente clientes.

Es la locura del comprar y vender. Esa derecha no produce nada, punto. Es la intermediaria típica. Es la expresión de la peor élite que ha tenido América Latina. Es uno de los factores que explican el subdesarrollo. Es esa derecha bancaria y prestamista, en la que ingenuamente creen los sectores de clase media que les permitiría crecer, diversificarse, cuando es la que históricamente ha sido el candado para la diversificación de la economía, favoreciendo la concentración de la riqueza, los monopolios, la exportación de capitales, precarizando el trabajo, reduciendo la seguridad social, la inversión social. En consecuencia, Ecuador tiene una sola opción decente: seguir el sendero del progresismo. (O)