Jueves, 29 Septiembre 2016 00:00 Columnistas

La identidad ecuatoriana

Jorge Núñez Sánchez - Director de la Academia de Historia de Ecuador

El tema de la identidad nacional vuelve una y otra vez al escenario, al impulso de las luchas y esfuerzos nacionales en busca de emancipación. En estos mismos días vuelve a anunciarse un nuevo referéndum escocés para separarse del Reino Unido y el reino de España está conmovido por la decisión catalana de ir a la independencia.

Eso ha venido a recordarnos que las naciones modernas surgieron precisamente de la descomposición de los viejos y grandes imperios monárquicos, que incluían en su seno a varias naciones o nacionalidades reunidas por la fuerza.

Una identidad nacional es, ante todo, un fenómeno espiritual, a la vez sentimental e ideológico, que resume una saga histórica acumulada. Esto quiere decir que se trata de un anhelo o emoción colectiva, por el que un pueblo se identifica en signos de identidad comunes, que lo caracterizan y dan personalidad particular en el conjunto universal.

En el caso de la nacionalidad ecuatoriana, un signo identitario de vieja data es la vocación ecuatoriana por la paz, surgida en los tiempos precolombinos, cuando la bondad de la naturaleza y la abundancia de recursos básicos determinaron que nuestros pueblos tropandinos convivieran en paz, intercambiando amistosamente sus recursos, gobernados por cacicazgos de mano blanda y sin tener que recurrir a la formación de una dura autoridad estatal que repartiera los recursos o mantuviera el equilibrio entre regiones.

Ese espíritu, proyectado en el tiempo, nos llevó a ser siempre un país de paz, que no invadía ni agredía a sus vecinos y que ponía poco énfasis en los preparativos militares, lo cual tuvo, por otra parte, un resultado lamentable, cual fue la zaga de mutilaciones territoriales sufridas por el país a manos de dos vecinos dados a la guerra. De ahí viene esa característica de ‘Ecuador, isla de paz’.

También de vieja data es la vocación ecuatoriana por los viajes, derivada de una curiosidad por conocer el mundo. El historiador peruano José Antonio del Busto escribió sobre las audacias marineras de nuestros huancavilcas y el viaje de Túpac Yupanqui hacia las islas de Oceanía, en su compañía. Hace poco, antropólogos mexicanos han encontrado cerca de Acapulco un poblado de origen huancavilca, formado por descendientes de esos navegantes ecuatoriales que viajaban hacia el norte, cargados de productos de nuestro país: conchas spondylus, mullo, carato, tejidos, piezas de orfebrería y frutos.

Con tales antecedentes, no resulta extraño que la migración hacia otras partes del mundo fuera un hábito tradicional de los ecuatorianos de la colonia y de la república. Así, el quiteño Lope Díez de Armendáriz fue el primer criollo que ocupó el cargo de Virrey de Nueva España (México) en 1635, mientras el guayaquileño Pedro Franco Dávila se lanzó al comercio internacional de cacao en 1735 y, tras variadas aventuras y muchos estudios, se convirtió en fundador y Director del Real Museo de Historia Natural de Madrid. Similar aventura comercial emprendió el quiteño Miguel Gijón y León, quien se lanzó en 1753 al comercio internacional de cascarilla y finalmente se estableció en España, donde dirigió la colonización de la Sierra Morena, antes de ser nombrado Conde Casa Gijón.

Vista esa histórica pasión de los ecuatorianos por los viajes, nada debe extrañarnos la masiva aventura migratoria que los ecuatorianos protagonizaran en las últimas décadas, con rumbo a Norteamérica, el Cono Sur y Europa. Era una audaz respuesta ante la crisis nacional, pero también un salto hacia delante en busca de una vida mejor. (O)

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