Viernes, 05 Mayo 2017 00:00 Columnistas

La hora 25

Ilitch Verduga Vélez

En 1949, el escritor rumano Virgil Gheorghiu, quien fue servidor de la dictadura fascista del general Antonescu, publicó una novela titulada La hora 25. Hechos sangrientos del conflicto bélico universal que azotó los hemisferios entre 1939-1945, mostraron crueldades increíbles, aquellas que los humanos pueden cometer, incluyendo la muerte atómica.

Las decenas de millones que murieron por sus efectos directos, colaterales, por abyectas ambiciones; los otros tantos millones, detenidos, torturados, asesinados en los hornos de campos de exterminio; multitudes desplazadas de sus países de origen, son testimonios de que la raza humana puede desaparecer. Múltiples volúmenes se han impreso sobre esta apocalíptica tragedia global, entre ellas, el libro que estamos mencionando. Su autor, Virgil Gheorghiu, después de la derrota hitleriana, fue capturado por el Ejército de EE.UU., acusado de colaborador nazi. Convencido luego por agencias de espionaje para generar escritos que favorecieran el accionar estratégico de EE.UU., en la Guerra Fría, redactó la obra que nos ocupa, que se difundió masivamente por la prensa occidental, por su carácter anticomunista.

Aunque la popularidad de Virgil como adalid de la libertad sufrió quebrantos, en 1952, cuando fueron revelados ensayos antisemitas donde llamaba “judíos malditos” a los hijos del pueblo de Dios. Esta acción ‘intelectual’ encubierta, subrepticia, fue una de las primeras de la CIA en escenarios del orbe, después vendrían: Irán Guatemala, Chile, cientos más. Obviamente, ejemplos deleznables de la utilización de los medios, por los imperios, aun en momentos severamente trágicos de la humanidad, como aquella matanza de generaciones. Así se ganan posiciones en el contexto internacional que lamentablemente se repiten actualmente.            

Un mundo donde sus ciudadanos son llevados a un conflicto vital, sin saber por qué, aparece en las líneas del libro. El argumento novelístico se centra en Johan Moritz, obrero sencillo, ingenuo, que por intrigas amorosas es enviado a prisión, por ser considerado judío. Liberado por un oficial SS al reconocerlo como el perfecto modelo del ‘ario’, es integrado a la guardia de hierro, transformado en actor propagandístico del Reich. El otro protagonista, Trian, escritor, preso de conciencia, pronostica la hecatombe mortal que se cierne sobre la humanidad, La hora 25 la llama, para los que asumen la huida de un país a otro, como salida a la contienda mortífera.

Hechos similares suceden ahora, con la migración obligada de pueblos árabes sometidos al despojo, la muerte. La obra fue llevada al cine con relativo éxito, en 1967, producida por Carlo Ponti y las actuaciones de Anthony Quinn, Virna Lisi, bajo la dirección de Henry Verneuil. Adaptándola al accionar actual, sustancialmente relacionado a la confusión presente del mundo, en un espacio sin magnitud, fuera de temporalidad, no resuelto en el razonamiento de la contradicción, con la estructura muerta del ayer nos indigna.

Los acontecimientos mundiales que trágicamente nos sorprenden en estos momentos, tratados con tanta ligereza por el establishment de Occidente, son, según analistas, la repetición histórica de lo sucedido en el planeta, en los años treinta. Perspectivas sombrías de enfrentamientos termo-nucleares no tienen categoría de imposibles, son probabilidades cercanas. Olvidando las sentencias que “los sobrevivientes de la guerra termonuclear envidiarán a los muertos”, seguimos caminando, impotentes, ante los designios de países hegemónicos, al filo del abismo de la destrucción. (O)

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