Lunes, 06 Febrero 2017 00:00 Columnistas

La guerra sucia contra la democracia

Werner Vásquez Von Schoettler

Una vergüenza total la guerra sucia desatada por los sectores bancarios, ciertos sectores empresariales-mediáticos y viejas élites por ensuciar las próximas elecciones. Es un claro ejemplo de la escasa cultura política que poseen y que el valor de la democracia les importa un rábano. Se jactan de defender los principios del liberalismo, del conservadurismo moderno, del neoliberalismo, hasta de la socialdemocracia, pero cuando se trata de ambicionar el poder político del Estado están tan dispuestos a pisotear las reglas más elementales, no solo de la política y de la democracia, sino de la propia libertad. Nadie en sus cinco sentidos puede estar en contra de la lucha contra la corrupción.

Todo acto de corrupción debe ser denunciado y sancionado como manda la ley. Pero lo que no es aceptable es que bajo esa palabra se quiera construir un paraguas para justificar el ataque a toda posibilidad de que la gente, en su legítimo derecho, decida que un proyecto político que lleva diez años, con los cambios necesarios, continúe en el poder político. Con la guerra sucia lo que se busca es silenciar la voluntad popular, inducir miedo, temor. Es una guerra contra la democracia. Una forma de canibalismo político que vienen practicando entre ellos para ser opción electoral.

El fracaso de todo tipo de alianzas por más de un año, los ha llevado a los peores ataques, injurias, insultos, juicios en sus tribunales mediáticos. Buscan, no solo afectar a la candidatura más sólida y decente que hay que es la de Lenín Moreno, sino saldar cuentas entre grupos económicos regionales por lo sucedido desde 1998, con la quiebra de la banca como con la dolarización. Ciertos grupos se han recuperado y buscan cambiar la correlación de fuerzas entre sectores bancarios, exportadores, importadores, comerciantes y ciertos industriales. La campaña de miedo comenzó hace dos años, con una inflación mediática brutal, con manifestaciones de banderas negras, oposición total a cualquier proyecto de ley, como sucedió con aquella para apoyar a las víctimas del terremoto en Esmeraldas y Manabí.

La guerra sucia, téngase claro, no es local o nacional, sino regional. Ecuador se ha convertido en una especie de bisagra para ver si se cumple aquello llamado giro a la derecha o fin de ciclo. Una sola vía hay para rechazar esta guerra sucia: votar con consciencia, votar con afecto, poniendo por delante al Ecuador entero. Votar por lo que es realizable y no por las fantasías más demagógicas, incoherentes de las viejas élites que no valoran -nunca lo hicieron- la democracia, ni la ciudadanía. Aquellos que sueñan con desmontar la Constitución de Montecristi, la cual les golpeó en su riqueza opulenta, en su aberrante conducta de explotar a los trabajadores para enriquecerse. Ser ricos no por eficiencia, productividad, ingenio, creatividad, sino simple lucro, sapería, viveza, chulco.

Élites decadentes que nunca comprendieron que este país no es una empresa, sino una Nación. Nadie quiere que haya corrupción pública, pero no existe esta sin su contraparte privada. Y eso es lo que la guerra sucia quiere tapar: la corrupción privada, empresarial, bancaria, mediática. Ese es el mal que el ecuatoriano común debe condenar, ese pasado que no está tan lejos como creíamos, el pasado de la vieja partidocracia. (O)

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