Miércoles, 03 Mayo 2017 00:00 Columnistas

La grandeza de los sencillos

Lucrecia Maldonado

En algún lugar del Evangelio, Jesús agradece a Dios con estas palabras: “Yo te bendigo, Padre, porque has ocultado estas cosas a los grandes y poderosos y se las has revelado a los sencillos y los humildes”. Y algo que lo demuestra se vivió la semana anterior en la ciudad de Quito. Mientras iban amainando las disputas electorales, mientras los inmaculados forcejeaban con los ofendidos, y viceversa, cayó una lluvia torrencial. La zona norte de la ciudad se inundó y los deprimidos se anegaron. En uno, una pareja de adultos mayores quedó atrapada en su vehículo con gravísimo riesgo para su vida.

Lo advirtieron los jóvenes obreros de la construcción de uno de los edificios aledaños. Y lo único que hicieron fue tomar aquellas herramientas que tenían a mano (escaleras, un combo, algunas cuerdas y arneses) y bajar para auxiliar a la aterrorizada pareja. Ese es el relato de los acontecimientos que ha conmovido a más de un habitante de la ciudad, y posiblemente del país. Pero más allá de eso, es evidente que aquí hay mucho material para reflexionar, pues ahí está eso que Jesús le agradecía a su Padre Celestial. ¿Acaso uno de los jóvenes e improvisados socorristas se puso a pensar en que quienes debían realizar la noble acción eran los bomberos y se frenó ante esa incoherencia de la vida? Hasta donde se sabe, no.

¿Acaso hubo espacio para el orgullo, para la disputa, para el protagonismo o para el envanecimiento? Tampoco. Se los mira en un video, hablando con sencillez, con la mirada diáfana de quien es, al decir de Antonio Machado, “en el buen sentido de la palabra, bueno”, se les escucha agradecer la oportunidad que les ha sido dada de salvar vidas, y desde el corazón estalla un torrente de emociones insospechadas. Se ha vivido el espanto de escuchar a un ‘comunicador’ incitar a las Fuerzas Armadas y a la población a que reediten la ‘Hoguera Bárbara’ con el actual gobernante y sus aliados. Se ha visto a un candidato a vicepresidente realizar el ajusticiamiento simbólico de un borrego frente a las ventanas del CNE. Se ha escuchado a un agitador foráneo incitar al ‘incendio’ de Quito si los resultados electorales no favorecían a sus preferidos. Se ha sabido de un funcionario que ha interpuesto un proceso por calumnias a algunas personas de avanzada edad autoconvocadas a formar parte de la Comisión Anticorrupción.

Y se ha visto a estas personas indignarse ante el perdón y dar ejemplo de dignidad, pero también de otros sentimientos negativos nada edificantes y para nada conciliadores, ante el intento del presidente electo por retornar las aguas a su cauce.

Los protagonistas de estos eventos son gente instruida, actores políticos llenos de estudios, y sobre todo bastante (auto)valorados por sus posturas ideológicas. Sin embargo, su talla moral no alcanza ni siquiera una fracción de la de los sencillos jóvenes que, desde la llaneza de su corazón y la grandeza de su alma, arriesgaron su integridad física para rescatar a quienes los necesitaban. Ellos son los verdaderos patriotas. Ellos, los grandes. Ellos, quienes se han constituido en el ejemplo a seguir para todos y cada uno de los ecuatorianos y las ecuatorianas de buena voluntad. Dice el rescatado, oficial retirado del Ejército, que cuando, unos días después, fue a agradecerles su heroico acto, no los encontró. Que habló solamente con alguien a quien le dejó el recado que testifica la gratitud de encontrarse con vida gracias a ellos.

Casi con toda seguridad estaban trabajando, como cada día. Más allá de la soberbia o de la envidia, lejos de las disputas políticas. Cumpliendo con su deber. Es cierto que el Municipio los condecoró. Bien por ello. También es cierto que esa condecoración no alcanza la talla de su heroísmo y su valor. Eso que ni los inmaculados, ni los prepotentes, ni los políticos, ni los odiadores, ni los banqueros, ni los académicos ni las autoridades presentes o futuras alcanzarán a comprender en su totalidad, porque, para felicidad de la humanidad, y como dijo el Maestro de Nazaret, solamente les ha sido revelado a los sencillos y a los humildes. (O)

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