La erosión

| 14 de Febrero de 2017 - 00:00

La información difundida por los medios de comunicación públicos sobre el preocupante aumento de los niveles de turbiedad de las aguas del río Daule, que abastece a la ciudad de Guayaquil, debido a la fuerte temporada lluviosa, me recordaba a un colega que creció hace más de medio siglo en Palestina, pueblo ribereño del Daule y cuando después de nadar salía con barba rubia obscura, esto se debía al limo que arrastraba el río y se adhería al rostro. Lo cual significaba que “el invierno estaba recio” en los cerros de Manabí y La Manga del Cura. Este comentario nos tiene presente el viejo problema de la erosión en el país en general y particularmente en la Cuenca del Guayas (CG), donde uno de los principales ríos es el Daule.

La CG tiene una densa hidrografía con promedios de caudales temporales de notable diferencia, fluctuando entre mínimos de 8.327 hm³ y máximos de 34.000 hm³. La zona tiene temperaturas alrededor de los 24°C, poco variables a diferencia de la pluviosidad que varía de norte a sur entre los 3.000 mm y 900 mm anuales. En el clima con características monzónicas son típicas las lluvias torrenciales periódicas, causando en los suelos en pendiente procesos de erosión graves si no se mantienen programas eficientes de manejo permanente del suelo.

La erosión se la define como el desgaste de la superficie terrestre por agentes externos, como el agua o el viento en la cual tiene importancia la pendiente. La topografía de la CG no es plana, el 70% es irregular y susceptible a la erosión. En mayor o menor grado, los valores potenciales de erosión calculados en zonas críticas fluctúan entre 118 y 374 toneladas por hectárea y por año, que serían suelos no recuperables trasladados a otros sectores con los problemas consiguientes.

Las pérdidas de suelos por erosión registradas experimentalmente en lugares típicos de la región difieren de las calculados potencialmente, pero de todas maneras son altas. En suelos representativos de la cuenca aportante del río Daule, con pendientes sobre el 30% y cobertura de cultivo de maíz fue 29,3 toneladas por hectárea durante la estación lluviosa, y con pastos, 21,7 toneladas en condiciones similares. Estos valores son considerados altos por autores como Suárez de Castro, que considera pérdidas fuertes aquellas que van de 25 a 35 toneladas por hectárea, que en la zona serían mayores por actividades antrópicas devastadoras en zonas de condiciones críticas accesibles en las cabeceras de los ríos Daule y Peripa.

A consecuencia del mal manejo de los suelos, como la devastación de los bosques primarios, que facilitaría las inundaciones, las pérdidas para el período 82-83 se calculan en $ 100 millones. En Estados Unidos, donde hay preocupación por los manejos del suelo, el edafólogo Nick Comerford, experto en la evaluación de estos procesos, calcula que la pérdida de los recursos edáficos para EE.UU. tiene un costo aproximado de $ 44 billones.

En nuestro país, a más del discurso y la preocupación temporal, no tenemos información sobre este silencioso desastre. (O)