La epidemia moral del poder

- 28 de Agosto de 2017 - 00:00

La epidemia moral que vive hoy Ecuador no es nueva, pero es tan agresiva que su implantación en la dinámica social general está conectada al aparato religioso que propugna su condena. Todos, social-liberales y dizque izquierdistas, hablan del bien y del mal y se ubican convenientemente en el terreno del bien para vomitar sobre quienes -por decisión propia, de las circunstancias o de la praxis capitalista- se han colocado en la plaza del mal. La facilidad con que juzgan actos, comportamientos y escrúpulos solo es posible en una sociedad que ha mezclado conceptos -clásicos y contemporáneos- como la ética y la moral, al tenor, claro está, de los valores de una clase social hegemónica que no ha dudado en empollarlos en el talante emocional e ideológico de la gente, entiéndase con esto al miedo, la vergüenza, el sentido común, o sea, lo más dúctil de la psiquis humana.

Así, la hondura de un tema como la corrupción es expuesto, de modo idealista y arbitrario, con la noción binaria: bueno/malo. Y se lo hace porque una pedagogía religiosa salió victoriosa, quiero decir, cuando el cristianismo devino en la noción cultural de Occidente, más que en una fe netamente dogmática. Ergo, las doctrinas filosóficas de otras tendencias fueron desdeñadas y cercadas por esa interpretación ecuménica del bien y del mal, que adquirió mayor brío con la empresa capitalista de la conquista de América (latina). (El naciente criollismo de entonces fue excusa para revelar y falsear lo que el tiempo y los intereses llamaron viveza criolla.)

El capitalismo es un sistema económico y social que se explica históricamente por su carácter explotador. Su vigencia como procedimiento regulador de las sociedades modernas no alarma porque a su utilísimo engranaje se agregó un sistema político: la democracia liberal. Dicho orden exigió contrapesos jurídicos que, hipotéticamente, aplacarían los abusos del capitalismo: un Estado con poderes independientes. Ese relato ha prevalecido más de dos siglos, allá y acá.

No obstante, el discurso unificador de la honradez soslaya la ecuación capitalista del usufructo y el plus valor. Aunque lo peor no es eso, pues bien se sabe que la multitud no maneja teorías económicas (que sí manejan su vida), lo peor es que tal operación es reducida a un lema fácil: la honestidad (cristiana) debe ser regla en las repúblicas capitalistas; pero, al no serlo, lo fundamental no es saber por qué no funciona sino buscar a los culpables y podrirlos en la cárcel. ¿Santo remedio? ¿Remedio santo?

El capitalismo es un sistema inteligentemente complejo, el que estudió y desmenuzó Karl Marx, y el que existe hoy y subyuga la geopolítica del globo. Las prácticas económicas y financieras que se hacen en su nombre erizan, perturban; sin embargo, pocos -cegados por la epidemia moralista de tirios y troyanos- ni atacan ni revelan la audacia del capitalismo actual y menos su influjo cabal en la realpolitik local e internacional. Encerrados en las capillas palaciegas y mediáticas, nuestros criollitos y criollitas se lavan las manos y botan el agua sucia con el virus de su hipocresía moral. (O)

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