Viernes, 14 Abril 2017 00:00 Columnistas

La dinastía Parra de Chile

Ilitch Verduga Vélez

El Santiago, bucólico, de 1964, impresionaba a los recién llegados -como yo- exiliados, por dictaduras instauradas en esa década. La urbe santiaguina, que nos acogía con solidaridad era una ciudad donde la cultura y la democracia eran orgullo de la mayoría de sus ciudadanos. Partidos políticos, movimientos sindicales enfrentaban lógicas contradicciones, aparentemente con palabras, hechos que generaban nuestras simpatías. Las heridas del pavoroso cataclismo del año 60, en el sur del país estaban aún latentes. Empero, para aquellos que arribamos con el dolor por la patria lejana fue un encuentro feliz, con un pueblo generoso y sabio. El hallazgo de una bohemia ilustrada, algunos ciertamente con sentimientos europeizantes, que miraba con desenfado las épocas nos deslumbraba.

El sitio de atracción de noctámbulos, escritores, artistas, diletantes de la capital chilena en esos tiempos era el restorán Il Bosco, nombrado así como homenaje al genial pintor. Allí lo conocí. Ángel Parra, me dijo, altivo, mientras estrechaba mi mano, luego sentados los dos, tomando sendas tazas de café, mientras mis compañeros de coloquio saboreaban la cerveza de moda, escuchaba en silencio tímido, nuestras disquisiciones sobre lo humano, lo divino. Al momento de terminar mi intervención, vindicando el sistema chileno, elogiando el espíritu de su milicia, habló: “Compañero, parece que usted no conoce a los de aquí”. Luego, supe más de él, su saga, la raíz intelectual de una familia excepcional.

Los patriarcas, Violeta, Nicanor. La primera, su madre, la más importante folclorista de Chile, compositora que lustros después sería inolvidable cantautora latinoamericana. Su tío, Nicanor, matemático, poeta, ulteriormente Premio Cervantes de Literatura, varias veces candidato al Nobel, con ellos una larga lista de insignes músicos, actores, que la integraban. En meses siguientes inauguraron La Peña de los Parra, en un viejo caserón de la calle Carmen, aledaña a mi domicilio. Aquella cercanía afianzó nuestra amistad.

En esa casona Ángel compartió, con otros grandes intérpretes de la nueva canción chilena, su hermana, Isabel, Patricio Manns, Rolando Alarcón, Víctor Jara, el Quilapayún, formando una entidad artística que se convirtió al poco tiempo en atracción santiaguina. Duró nueve años, hasta el putsch de Pinochet. Los años oscuros, sangrientos de la tiranía genocida, que se apropió de la ‘dulce patria’, con terribles sufrimientos para el conglomerado chileno, lo fueron también para Ángel, prisionero, en el Estadio Nacional, milagrosamente salvado de morir al producirse el relevo del teniente Barrientos, asesino confeso de Víctor Jara.

Meses después fue conducido al campo de concentración de Chacabuco, donde padeció torturas, apremios, durante dos años, hasta que la solidaridad internacional logró su libertad.

Exiliado en México, luego fue Francia su residencia, 40 años. Nuevamente tuve la suerte de encontrármelo, su entusiasmo y sensibilidad se mantenían incólumes, solo la nostalgia, fruto del éxodo doloroso de la chilenidad, lo enternecía. El 11 de marzo de 2017 -otro once-, hace un mes, falleció “en París con aguacero”, como decía César Vallejo, entregando legados, en lo humano, artístico, de enorme relevancia, una creación musical múltiple de excepcional calidad, unida a obras de literatura de memorable profundidad.

Mencionaremos: Canciones de amor, Puras cuecas, Arte de pájaros, Pisagua, Chile barrio abajo. Discos de colección, como Venceremos, homenajeando a Salvador Allende; Chacabuco, Oratorio de Navidad. La novela Manos en la nuca. También dejó una herencia fundamental, sus hijos: Xaviera, Ángel, singulares artistas. La canción de Violeta Parra, su progenitora, lo acompañó en la última estancia terrenal: “Ya se va para el cielo, este querido angelito”. (O)

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