La despedida

- 18 de Mayo de 2017 - 00:00

Las despedidas tienen siempre un aire de tristeza. Y esa sensación es mayor cuando se va alguien que se ganó limpiamente nuestro afecto y cuya presencia marcó un tiempo inolvidable, un tiempo feliz que quedará grabado en nuestra memoria.

He tenido muchas despedidas en mi ya larga existencia. En unas he sido el que se iba, llevando a cuestas un cargamento de recuerdos. En otras he sido el que quedaba en soledad, el que veía partir a un ser querido sin poder impedirlo o que aceptaba y comprendía las razones de su alejamiento.

En cada ocasión, esa subrepticia sensación de desasosiego, de pena por lo que fue y ya no será más, de inquietud y expectativa por lo que será. Y también, claro está, esa larga interrogación por el destino de quien parte y por el destino de quien queda, destinos que hasta aquí venían juntos y que ahora entran en un jardín de senderos que se bifurcan.

Y aquí estamos, esperando su partida al borde del andén de la historia, ese mismo andén en el que desembarcó un día, con una pequeña petaca de sorpresas que terminarían por alegrar a todos los habitantes del poblado o, al menos, a esa mayoría que todavía tenía esperanza de ver algo distinto, de vivir algo diverso a ese orden sombrío que venía desde antaño, que parecíamos haber heredado como una maldición.

Desde el primer momento nos gustó la presencia del viajero, que llegaba con un cargamento de palabras nuevas e ideas frescas, tan distintas a esas gastadas palabras de los profetas de la aldea. Y es que el viajero no llegaba solo con ideas y palabras, sino que, como pasó a demostrarlo, venía con la abierta intención de ponerlas en práctica, de transformar las sendas para caminar hacia el futuro, de abrir rutas nuevas hacia el horizonte, aunque fuese rompiendo las cercas construidas en cada loma.

Nos gustó su presencia y, sobre todo, su espíritu de innovación, que nos convocaba a insurgir contra los viejos mitos y contra las antiguas consejas, que decían que esto no se podía, que aquello era riesgoso, que tras el horizonte estaba el abismo.

Fue así que nos fuimos tras él, primero, y junto con él, después. Fue así que descubrimos, en su compañía, el valor de la solidaridad y la importancia del empuje colectivo. Es cierto que algunos se quedaron en el camino, porque ellos solo querían llegar a la loma inmediata y la marcha emprendida apuntaba al horizonte más lejano. Pero otros se nos juntaron y seguimos engrosando nuestras filas.

Así fuimos de loma en loma, de valle en valle, hasta llegar al mar, a la selva y a las islas. Y eso también fue una revolución, porque los viejos gurús nos habían inculcado que cada quien debía vivir junto a su río, junto a su mar, junto a su montaña, sin ir más allá porque era peligroso, pero nosotros terminamos caminando por todo lado, adueñándonos de todo el territorio, ampliando para siempre nuestro sentido de pertenencia.

Cosa similar pasó con la pobreza, que los viejos libros decían que era parte de la maldición bíblica causada por el pecado original. Él nos dijo que no había tal, que era el invento de unos pocos para dominar a los muchos que trabajaban para enriquecerlos. Y fue así que nos enfrentamos a la pobreza y fuimos ganándole combates.

Pero todo tiene su fin. Y ahora, tras nuestra larga marcha, estamos aquí juntos, en el andén, con los pañuelos listos para despedir al viajero que se irá pronto. Desde allá, desde el fondo, nos llega la música de un pasillo que habla de lágrimas. (O)

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