Miércoles, 23 Agosto 2017 00:00 Columnistas

La culpa es de Dios

Juan Montaño Escobar

Si Dios fuera negro no habría Decenio de los Afrodescendientes (2015-2024), porque las razas no se habrían inventado, la esclavización de inteligencias africanas jamás habría ocurrido y el viejo blanco y barbado de allá arriba, de la nube, no sería imagen dictatorial de conciencias.

No se necesitaría de ninguna reparación de los Estados americanos en tres ejes fundamentales: reconocimiento, justicia y desarrollo. Por cierto, los gobernantes de las Américas, sin excepción, se hacen los giles y aunque están de acuerdo con la Resolución 68/237, de la Asamblea General de las Naciones Unidas, del 23 de diciembre de 2013, sus gambetas discursivas los vuelven inclasificables. No se trata de resaca económica, es solo racismo estructural. Ajá, ¿y eso qué es?

Esta jam-session se vuelve fanoniana (por Frantz Fanon) para que sea palabra suelta de las barriadas afroamericanas. El día que los diplomáticos en las Naciones Unidas aprobaron la Resolución 68/237, ya se había consumido un mar de tinta escribiendo sobre la reparación de los descendientes de africanos (mujeres y hombres) constructores de las riquezas del capitalismo occidental. Un Amazonas de saliva explicando, al detalle, la alquimia de 300 años de trabajo ‘trabajoso’ y la persistencia (recontra que híper súper) negativa si se habla de beneficios sociales para las comunidades negras.

Son millones de vidas negras consumidas durante la negación, por siglos, de derechos humanos, no solo a la existencia sino también a la vida, con sus complacencias y circunstancias. Nada que no lo explique el racismo estructural e institucional de los Estados americanos.

En biología las razas casi no existen, en los ámbitos jurídicos, más o menos, hay progresos y hasta en los discursos oficiales, aunque no siempre, se descubre cierto barniz antirracista, ¿y entonces qué? Se responde fácil y rápido: la racialización de la economía política está ahí, se palpa en barriadas y en los territorios de las comunidades; no hay educación intercultural, por ahí se intenta con algo llamado Etnoeducación; el Decenio reparativo llegó hasta donde algunas instituciones les permitió su competencia. A las razas se las reinventa para vigencia estructural del racismo.

Ahora sí, F. Fanon: “Lo afirmamos una vez más, el racismo no es un descubrimiento accidental. No es un elemento oculto, disimulado. No exige esfuerzos sobrehumanos para evidenciarlo”, Racismo y cultura, Publicado por Matxingune Taldea en 2011, p. 4.

La sociedad dominante americana, productora y beneficiaria histórica del racismo, se adueña e impone la narrativa política de nuestros países, otorga poder a las imágenes de cualquier índole y potencia un único imaginario sociocultural (incluyan los sistemas educativos), dicta el prestigio moral a cuestiones de intimidad como las religiones (macumba y vudú son vainas de brujerías diabólicas).

El Decenio reparativo de la Afrodescendencia bien podría ser un leve ‘atropello al letargo’ del racismo estructural. (O)

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