Jueves, 08 Junio 2017 00:00 Columnistas

La confrontación y la mano extendida

Jaime Galarza Zavala

El sabio Miguel de Unamuno dijo alguna vez que él no apreciaba tanto en Juan Montalvo sus manías cervantinas, sino el insulto. Y vaya que el gran ambateño sabía insultar; por ejemplo al criminal dictador general Ignacio de Veintimilla lo consagró como ‘Ignacio de la Cuchilla’. Posteriormente vendrían otros grandes de Ecuador por ese camino. Ejemplos: Benjamín Carrión bautizó a García Moreno como el ‘Santo del patíbulo’; y por su parte Jaime Roldós motejó a un conjunto de legisladores derechistas y oportunistas, encabezados por Febres-Cordero, como los ‘patriarcas de la componenda’.  Esto lo recordamos a propósito de las ráfagas de ametralladoras mediáticas disparadas en los últimos tiempos contra Rafael Correa Delgado, a quien se ha calificado virtualmente como insultador profesional y se ha satanizado sus actitudes de confrontación política. Lo primero vino desde su inicio de gobierno, en 2007, cuando él denominó ‘pelucones’ a los pelucones, es decir a los dueños de la plata y del poder, título nobiliario que ya se empleó en la Colonia para identificar a los gamonales dueños de vidas y haciendas. Por lo demás, hay distintas variantes del insulto, como lo fue contra Correa todo el tiempo la lluvia de caricaturas en la prensa mercantil, en que no se exageraban características físicas o políticas del personaje sino que se lo dibujaba como un troglodita, como un monstruo insaciable, sanguinario y descomunal.

En cuanto a la confrontación, es decir a mostrarse frontalmente contrario a determinadas realidades, figuras, programas, instituciones o leyes, cuando todo ello significa un mundo de odio, explotación, privilegios, codicia y ambiciones, la confrontación debió ser aplaudida, como debe serlo siempre en similares casos si se preconizan cambios sustanciales en la vida de un pueblo, en la suerte de una nación, pues no puede haber progreso alguno, y menos una revolución, si no se confronta con lo establecido, especialmente cuando este trata de perennizarse. En este marco, el más grande confrontador de la historia ecuatoriana fue Eloy Alfaro, que se alzó contra la servidumbre eclesiástica, propició la separación de la Iglesia y del Estado, decretó el laicismo en la educación y, por último, construyó el ferrocarril, odiado y saboteado por los hacendados de la Sierra. ¿Puede alguien, a esta altura de la historia, condenar al ‘Mejor ecuatoriano de todos los tiempos’ por sus acciones de confrontador?

Lo que sucede es que hoy, a propósito de la política de mano extendida, de apertura y diálogo propiciado por el nuevo mandatario, Lenín Moreno, los que siempre vivieron del engaño y explotación al pueblo, los vendepatria y ‘pelucones’ soberbios y discriminadores, creen llegado el momento de ir desmontando lo hecho por la Revolución Ciudadana, y suponen equivocadamente que esa actitud democrática del nuevo Presidente les permitirá  a ellos convertirlo en un remedo de Madre Teresa o en graciosa mascota de casa rica. (O)

 

 

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