Juan Pablo Pozo

- 03 de Junio de 2017 - 00:00

Debe reconocerse la figura del joven presidente del Consejo Nacional Electoral y de su equipo, como baluartes de la defensa de la democracia electoral. Supo enfrentar con valentía y capear los más increíbles ataques de prejuicios subjetivos, acusaciones falsas, mentiras, insultos.  Él, siempre claro, conciso, imparcial, honrado, expuso sobre los procesos y sus resultados, con la entereza de un hombre inteligente, íntegro.

Juan Pablo Pozo fue merecedor de varios respaldos públicos por su gestión, en Cuenca y en todo el país.  En su ciudad se conoce su dignidad y la de su familia. Fueron respaldos escritos y firmados por personas prestigiosas, y, seguramente, de muchísima gente que no podía expresarse públicamente. Ojalá queden enterrados los ataques privados o públicos que el Presidente del Consejo Nacional Electoral, una de las más respetables instituciones del Estado, sufrió durante los últimos procesos electorales.

Muchos cuencanos (porque nadie puede arrogarse la representación de todos para hablar a nombre de ellos) nos sentimos orgullosos de que Juan Pablo Pozo también lo sea, que haya ejercido la difícil tarea de presidir el Consejo Nacional Electoral, como se esperaba, con una gestión eficaz y eficiente, con la mayor calidad de organización y resultados, y la mayor pulcritud e imparcialidad.  Nos sentimos tan orgullosos de que nos represente, como cuencano, como nos sentimos indignados cuando unos pocos comentaron o actuaron con él de manera indebida. Tuvo sobre sus hombros una difícil tarea de trascendencia y cumplió a cabalidad con su deber. Cuenca y el país conocen su formación y trayectoria, de lujo para sus actuales y futuras funciones de servicio, que tanto necesitan de personas de valía. La historia lo dirá.

Quienes dejaron la tranquila vida ‘morlaca’ para asumir nuevas responsabilidades en la capital, saben que tienen que superar muchas dificultades, no solamente la de extrañar la tierra, sino de provocar, en la misma, las envidias, y en el contexto nacional la enfermedad de la maledicencia de quienes actúan en el campo político con prejuicios y malsanas intenciones. Es digna de reconocimiento la valiente y justa condecoración entregada por el presidente Rafael Correa a Juan Pablo Pozo. A todo señor, todo honor, y esto es válido para quien la entregó como para quien la recibió.

A Juan Pablo Pozo, con quien no me une ningún nexo familiar, y con quien tampoco comparto una amistad cercana, más allá de un saludo incluso sin cruce de manos, vaya la más cálida felicitación, el homenaje y respaldo de esta columna. (O)