Juan Montalvo, maestro de Rubén Darío

| 13 de Octubre de 2017 - 00:00

In memoriam de mi padre, lector apasionado de Darío.

El ecuatoriano que más influyó en Rubén Darío cuando escribía en el periódico La Verdad de su natal León (Nicaragua) y era aún un poeta imberbe que asombraba por su talento y soñaba con conquistar el mundo, fue el gran escritor y prosista de metáfora altisonante y castiza, Juan Montalvo Fiallos. Juan Montalvo era el verdugo de tiranos y dictadores con su pluma magistral con la que denunciaba la corrupción y galimatías del poder. Montalvo elevó a la categoría de obra de arte el insulto y la diatriba, y sus libros La Mercurial Eclesiástica, Los Siete Tratados, Las Catilinarias, fueron devorados por intelectuales de la época, como Martí, y seguido como modelo por muchos de ellos.

Darío no escapó a esa seducción y fue un discípulo y un lector atento de las obras de Montalvo, tanto que al imitarlo en su primera juventud se granjeó la enemistad de políticos y clero e incluso, según narran sus biógrafos, como le ocurrió al mismo Montalvo, tuvo que salir de su tierra hacia otros lares en busca de protección. El uso del verbo aguerrido, la palabra punzante, la metáfora inquisidora y valiente y el anticlericalismo del ecuatoriano, le valió a Darío que se esfumaran sus sueños de una beca a Europa propuesta por el Congreso de Nicaragua, admirado del talento del poeta niño, cuando frente a su posible Mecenas recita un poema en el que descalifica al Sumo Pontífice.

Cuentan sus biógrafos que el presidente de Nicaragua, Pedro Joaquín Chamorro, al oírlo, solo alcanzó a decir: “Hijo mío, si así escribes ahora contra la religión de tus padres y de tu patria, ¿qué será si te vas a Europa a aprender cosas peores?”. Y de esa manera se esfumaron esas primeras ansias de viaje. Este genial “maestro de las primeras letras de Darío” como lo llamara Alejandro Carrión a Montalvo, le inspiró un gran poema titulado ‘Epístolas’, dedicado al ilustre ambateño. Son casi 500 versos en los que en una sinfonía de palabras inflamadas de erudición clásica, plenas de musical ritmo, saluda la genialidad de Montalvo y su dominio del idioma: “El genio surge a tu pomposa frase/mostrando sus recónditos misterios, / luz eterna le envuelve y purifica/mientras crea su fuerza incontrastable/obras que gigantescas y sublimes/guía son y deleite del humano”. Darío es enfático en su admiración a Montalvo, pues señala reiteradamente el talento deslumbrante del prosista ecuatoriano que suscita “admiración de la cansada Europa y orgullo de la América, tu madre”.

Realmente despierta asombro que, siendo apenas un adolescente de 17 años, Darío haya creado una poesía tan larga y perfecta, tan llena de erudición y sabiduría, plena de ese arte poético que concibe a la poesía no solo como ideas, sino como música de los sentidos. Darío, al examinar a Montalvo en su ‘Epístola’, se examina a sí mismo, en cuanto ambos participan de un mismo ideal ético y estético, de una absoluta pasión por las palabras y por la “honestidad de los principios”. Principios que llevaron a Montalvo al destierro y a la muerte. Darío en su poema a Montalvo construye un colosal homenaje, una imponente catedral, una impresionante poesía al carácter y valía del eximio escritor, un tributo a sus luchas y a su obra y reconoce en ella que Montalvo es el creador de “… la epopeya de la burla”. Cualquier libro de Montalvo debería comenzar con esta gigantesca epístola, con la que el ‘Príncipe de las Letras Hispanas’ rinde su tributo de admiración al que fue el más combativo de los escritores ecuatorianos.

En el Teatro Nacional Rubén Darío de Managua hay un gran busto del ilustre ambateño, con su pelo hirsuto y su mirada altiva, nos contempla desde la eternidad con un aire desafiante, como si nos recordara que la pluma no solo sirve para deleitar o entretener, sino que también puede ser un arma para revolucionar la sociedad. (O)