Viernes, 25 Noviembre 2016 00:00 Columnistas

Invasiones, despojos y negocios

Ilitch Verduga Vélez

En una conferencia en la Universidad de Princeton, en 1957, Claude Bowers, experto en asuntos de Hispanoamérica, dada su experiencia como embajador en Chile, de 14 años y en correlación al movimiento libertario que se gestó en el continente y a respuestas agresivas del Gobierno de EE.UU., sentenció: “Una idea falaz no se mata a cañonazos, es más fácil matarla con pan”. Esta referencia al devenir de las relaciones de EE.UU. y América Latina, a pesar de su implícito cinismo, refleja una verdad histórica de dos siglos.

Y es que la estrategia para frenar a nuestros países en sus ansias de justicia ha sido la acción facciosa apoyada en deleznable accionar financiero y mediático, unido a intervenciones de fuerzas armadas de los imperios o de los ejércitos de Estados latinoamericanos, por el sometimiento de sus élites económicas al mando foráneo. En verdad, Bower exponía en la charla el manual sedicioso de la CIA, que derribó al premier de Irán Mossadegh en 1953. Y que en 1954 en Guatemala derrocó al presidente Arbenz. Y luego fue replicado años más tarde en el Chile de Allende y que hoy lo ejecutan en Venezuela. Todas operaciones exitosas de la  ‘Agencia’. Vilezas que mezclan escasez ficticia de alimentos, acción política desestabilizadora y presteza bélica.

Latinoamérica, desde 1947 atrapada en acuerdos de corte militar de asistencia recíproca TIAR con EE.UU., que en lenguaje cortesano se los mencionaba en la prensa de siempre como de defensa  hemisférica contra un agresor de fuera del lar continental. Pacto militar que naufragó en la guerra de Malvinas cuando EE.UU. no apoyó a la nación argentina contra la pretensión inglesa, en un acto de fariseísmo político del régimen de Reagan y de su canciller Haig. No obstante, la historia del ‘tiburón y las sardinas’ es más añeja; se remonta al siglo XIX, en 1846. México fue obligado a ceder los ricos territorios de Texas, California y Arizona a su poderoso vecino del Norte y luego de nuevo agredido en 1914, 1916.

A fines de la centuria decimonónica, EE.UU. se apoderó de Puerto Rico y Cuba en rocambolesca aventura intervencionista con la falacia de la voladura del acorazado Maine, que  permitió ocupar a la mayor de las Antillas y la carga de la infame enmienda Platt a su pueblo. En las presidencias de los señores Wilson, Taft y Coolidge, EE.UU. invadió cinco veces a Nicaragua hasta su retiro en 1932, dejando asesinado a Sandino y a la dinastía Somoza como su dueña hasta 1979. Igual o peor suerte tuvieron Haití y República Dominicana, invadidos varias veces y con legados de dictadores rapaces y criminales, los Duvalier y los Trujillo. Honduras los sufrió en 1923 y 2009. Panamá y Granada, martirizadas en invasiones que dañaron su estructura material con miles de bajas de sus soldados y  civiles.  El Libertador Bolívar pronosticó con lucidez estos hechos nefastos: “Los EE.UU. parecen destinados por la Providencia para colmar de males a nuestros pueblos”.

Todos los países sudamericanos, a lo largo de su posindependencia, padecieron cuartelazos, en la mayoría de los casos con autores criollos y apadrinados por un ‘tío rico’ extranjero. Las tiranías en este rincón del orbe, desde la emancipación de España hasta los años 70 del siglo XX, tuvieron características barrocas en la crueldad y rapiña de los espadones. Sin embargo, desde esas fechas, el Plan Cóndor surtió de nuevas dictaduras genocidas en Argentina, Paraguay, Brasil, Bolivia, Chile, de inspiración fascista e incentivadas por la Oficina Oval. Esta vez con garras tintas en sangre de miles de muertos y enloquecidas ante la perspectiva de dinero, esquilmaron a sus pueblos.

Durante lustros realizaron jugosos negocios con el capitalismo mundial y amasaron cuantiosas fortunas. Hoy sus herederos han regresado en Argentina y Brasil, e intentan volver en Venezuela. (O)

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