Jueves, 13 Julio 2017 00:00 Columnistas

"He arado en el mar"

Juan Carlos Morales. Escritor y periodista ecuatoriano

“Me tocó la misión del relámpago: rasgar un instante las tinieblas, fulgurar apenas sobre el abismo y tornar a perderme en el vacío”, dijo casi al término de su vida Simón Bolívar. Fue el compadre de Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis –aquel de Maqroll el Gaviero, de sus tribulaciones- quien le proporcionó el argumento del libro El general en su laberinto, con un encanto de naufragio y cuchillada.

Allí, mientras navega en su último viaje por el río Magdalena, el Libertador, el huérfano más rico de Venezuela y que estuvo en la entronización de Napoleón Bonaparte junto a Alexander von Humboldt, rememora sus periplos por estas tierras ingratas. “He arado en el mar y sembrado en el viento”.

No se puede entender a Bolívar sin sus maestros, Andrés Bello y Simón Rodríguez. Tampoco a sus predecesores, Francisco de Miranda, separado de la causa. Peor, después de todo, a sus sucesores quienes se repartieron estas patrias recién paridas a dentelladas. Aquellos que mataron a Antonio José de Sucre, como se lee en ese libro de tambores que es El Mariscal que vivió de prisa, de Mauricio Vargas Linares.

Cuando escribí el ensayo sobre la Batalla de Ibarra, del 17 de julio de 1823, me pregunté dónde estaba el héroe en los días previos. Gracias al libro Bolívar, de Indalecio Liévano Aguirre, lo encontré reponiéndose en una hamaca en la hacienda El Garzal, cercana a Babahoyo, mientras se preguntaba si la rancia aristocracia limeña, liderada por el monarquista José de Canterac, podría revivir al Virreinato agónico.

Otros frentes eran más importantes que la reunión con José de San Martín, en Guayaquil, este propugnando el orden tradicional y el otro un cambio social. La lejana Maracaibo estaba a punto de caer. Y además, se encontraban los recios pastusos -más realistas que el propio rey- quienes habían caído bajo el influjo del púlpito, tal es la palabra, y ya habían vencido en Pasto al entonces coronel Juan José Flores. Un hombre los lideraba: Agustín Agualongo, que llevaba una década en guerra y estuvo en la Batalla del Pichincha. ¿Qué había pasado en Pasto? 13 años de púlpito feroz. En otras palabras, los curas que defendían sus privilegios causaron su efecto entre las buenas gentes.

En este contexto ocurre la Batalla de Ibarra, donde el Libertador dirigió personalmente la estrategia. Y esto porque perder la plaza de Pasto significaba, como escribió Bolívar a Santander, prolongar la guerra hasta el infinito, tomando en consideración todos los frentes abiertos. “Yo pienso defender este país con las uñas”, sentenció.

Pero Bolívar también pensó en la Patria Grande. En Ibarra, por los 194 años de la gesta que es también una algarabía de actos, estará la Orquesta Juvenil de Pasto. Además, el pequeño libro del ensayo, que se presentará mañana, tiene el texto generoso del historiador colombiano Antonio Cacua Prada. Al cabo, las fronteras nunca debieron crearse entre nosotros, porque son “cicatrices de la historia”. Ya lo saben desde siempre los poderosos oscuros: divide y triunfarás. Por eso, siempre le negaremos a Bolívar su frase que alude al mar. (O)

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