Sábado, 15 Octubre 2016 00:00 Columnistas

Hábitat y universidades

César Hermida

Las sociedades humanas siempre creyeron que debían dominar y someter a la naturaleza porque se consideraban diferentes y superiores a ella. Aquellas paganas politeístas solían venerar a dioses o diosas relacionadas con el agua, la tierra, el fuego o el aire, seguramente porque eran los elementos ambientales de la producción alimentaria. Aquellas culturas satisfacían de manera austera sus necesidades materiales o naturales de comida, vivienda y abrigo, de la vida en pareja y familiar, de la movilización y las actividades colectivas.

Las ruinas de aquellas civilizaciones muestran acueductos, viaductos, viviendas, coliseos, y otros bienes de uso colectivo. Las sociedades ancestrales del Abya Yala o Nuestra América, que veneraban a la Pachamama como madre de todos, también disponían de los mencionados bienes. Pero a partir de la aparición de las religiones monoteístas, desaparecieron esas obras colectivas dando paso a sinagogas, iglesias o mezquitas que servirían para cuidar el alma, es decir la necesidad subjetiva de la obediencia, la resignación, la veneración a espíritus sobrenaturales para una vida ulterior en un más allá ofertado como premio, o sin consuelos como castigo. La naturaleza, el ambiente, la satisfacción de las necesidades materiales dejaron de tener trascendencia. Hasta en el pueblo más pequeño andino se encuentran hoy iglesias o capillas, sin que importe si hay alimento, viviendas, caminos o empleo.

El ambiente tiene una triple perspectiva, el ‘lugar’ inmediato del hogar en donde se alimenta y se procrea, y el del trabajo productivo en el cual se ejercitan los movimientos de la vida de relación con los demás. Este es el ‘paisaje’, urbano o rural, de la actividad grupal colectiva, de la cultura de pequeños productores de policultivos de pueblos andinos o tropicales o monocultivos de la cultura del café, la caña de azúcar u otros. Y el urbano de las clases sociales con residencia de clases altas, media o marginales (desordenados, descuidados, olvidados) de acuerdo al desarrollo capitalista. Finalmente, el ‘territorio’ bajo la gobernanza de autoridades locales que confluye en el nacional con la autoridad del Estado nación. A los tres ambientes ha perfilado la historia en el proceso de satisfacer las necesidades humanas.

En este triple contexto de cuidado del ‘hábitat’ la universidad ecuatoriana debe investigar la propia realidad, y enseñarla, vinculando las necesidades poblacionales con el perfil de las carreras. Es la pertinencia la verdadera autonomía o soberanía del conocimiento. (O)

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