Gerentes o políticos

| 26 de Junio de 2017 - 00:00

Nuestra cultura política, sin duda, está llena de paradojas, más aún cuando se trata permanentemente de comprender qué es eso de la política. Desde el llamado regreso a la democracia en 1979, la política se convirtió en el objeto de ataque de las élites. A la vez que se servían de ella en su modo formal, institucional y electoral, a la vez la despolitizaban.

Se encargaron de asociarla a lo peor del comportamiento humano: egoísmo, corrupción, oportunismo, deslealtad, mediocridad. El resultado fue que la gente asoció política con porquería, con deshonestidad, con viveza. Por eso a medida que la partidocracia gobernaba como quería, la ciudadanía se declaraba ‘independiente’. Se despolitizaba la sociedad para dejarla inmóvil y de esta manera reducir cualquier forma de resistencia a las políticas neoliberales. De las peores herencias de aquella época fue que el mejor modo de pensar la política fue que quien la hacía debía ser como un gerente: administrar, gestionar, y punto.

Parecía que ese tipo de hacer política resultaba como más honesta. Pero no fue así. Fue un éxito para el empresariado forjar políticos-gerentes. Pensaban que Ecuador debía ser administrado, gerenciado como una empresa privada. Donde habría socios y no ciudadanos.

Aún hoy, después de 10 años del retorno de la política como ejercicio ciudadano para el bien común, algunos, de izquierda, centro o derecha, creen que lo que hay que hacer es gerenciar más que hacer política. Cuando, precisamente, lo que requiere el país en estos tiempos de cambios necesarios es profundizar el comportamiento político. El Estado debe ser más político que nunca, como debe serlo el Gobierno, como debe ser cada ciudadano.

Pero ya vemos que cierta oposición confunde el llamado al diálogo a partir de los objetivos nacionales con mermar el comportamiento político, con deslactosar la política. Hacer una política light, cero colesterol, tan ligera que no tenga color ni sabor, pero sí que sus agendas se cumplan cuando no ganaron ni la presidencia, ni en la Asamblea, ni en la consulta popular, y peor aún, cuando son claros defensores de la tesis de que la Constitución de Montecristi es el mal mayor del país.

Ahora más que nunca este proyecto político requiere fortalecer el pacto social que se necesita para los cambios estructurales, y eso se logrará no con más práctica tecnocrática, sino con más sensibilidad política frente a los problemas estructurales como, por ejemplo, terminar de una vez por todas con la extrema pobreza y redistribuir la riqueza. Cuando pensamos la educación, la salud, la vivienda, se requiere un mayor tacto político. Comprender que el Estado está en disputa, no el Gobierno, sino la reinstitucionalización del Estado que se ha logrado en esta década.

Un Estado que se debate entre su aburguesamiento histórico y la necesidad de ser popular. Esta es la gran disputa política de una revolución, en medida en que ese Estado sea instrumento ciudadano hacia el socialismo. Sí, hacia el socialismo en este siglo XXI. No socialdemocracia, ni democracia-cristiana o socialcristianismo o socialismo de escritorio, que nos llevaron a la decadencia como nación. No seamos ingenuos, esta es la lucha entre barbarie o socialismo. Necesitamos más política y menos novelería, menos coaching. (O)