Lunes, 26 Junio 2017 00:00 Columnistas

Evocación del poeta Humberto Vinueza

Carol Murillo Ruiz

Conocí al poeta Humberto Vinueza de un modo que no recuerdo, pero que es tan diáfano en mi espíritu que el olvido se me traduce así: Había en él la palabra/ martirio de sublimación y cauce/ resquicio de esperanza/ fuga y pasión/ vaivén de la voz/ y del silencio. Teníamos una amistad esporádica e intensa a la vez.

Me visitaba y nuestros diálogos, intercalados de paz, es decir, de imágenes, transformaban la poesía en ciencia, en brío, en una especie de trasiego del amor al vino y del vino al poema oral. Me descentraba/ ponía una pepita de mandarina/ en la mesa/ y esperaba que yo sintiera su corteza rasgada/ y me atreviera a fantasear el aroma de su pulpa/ con un meneo bucal y mental. Humberto sabía de tierras, espacios y cinética. Jugaba con todo y deglutía de buena gana los frutos humanos más sombríos y sabrosos. Humberto reía. Con esa risa/ de pastel rosa/ risa rosa/ pastel de cutis.

Una noche (siempre nos sentábamos en el comedor) hacía saltar un pequeño corcho de una mano a la otra. Veía en el hecho (previo) las olas (posteriores) de las uvas. Veía y me hacía ver el alcornoque como un freno vegetal para detener esas olas que sin duda llegarían al cuerpo y agitarían la sangre hasta hacerla soñar fuera de la piel. Su laberinto/ era mi laberinto/ experiencias tardías/ hilachas de tiempo/ un topos de agua/ un abismo glacial.

Tengo en mis manos los dos tomos antológicos que se presentarán mañana en la Sala Demetrio Aguilera Malta. Edición cuidada por él mismo hasta el postrero respiro: De la voz y del silencio, antología que recoge su creación de 1959 a 2008. Desde el viernes pasado me he sumergido, intercaladamente, como en nuestros bellos encuentros, en sus páginas.

Y en cada detalle, como el título que decidió ponerle, hallo su voz y su silencio. “La visión une la voz y el sentido/ que recupera el aire/ y no la ambigüedad de la escritura”. ¡Qué retrato de él mismo! A pesar de que un día intentó delinear una ¿contra? teoría poética sobre su trabajo (La esencial analogía), creo que navegó sin barco; porque su obra se confunde con el timonel que era de un buque fantasma: una poética a la deriva de los dogmas de otros. Humberto siempre fue refractario al canon. Hombre dispuesto/ moledor de huesos/ en el trajín/ de no aceptar hechizos ajenos.

Hoy te evoco Humberto y deploro no haberte buscado los últimos días; de no haber entendido que el número que me remitiste era un poema, una fe, un señuelo para despedirnos. Tu aire siempre fue un código de transición, un desafío contra la fugacidad del éxtasis.

Tu sonrisa era un roce/ fermentando los sentidos/ resumiendo a dios. Te has ido y queda el polvo de tu falúa de dos siglos. Te agradezco (tardísimo) porque hiciste cosas por mí sin saberlo. Porque indujiste que la palabra me poseyera de veras. Porque creíste que podía hacer algo en esta vida. Te cito: “A menudo no sé quién soy/ y en esto el saber no cuenta/ pero sigue siendo consonante/ mi perfil con mi aire/ ¿y en esto el saber no cuenta?”. (O)

Dedico este artículo a Estefan Vinueza, tu hijo, poeta. Como decías en un tributo pasmoso: “hijos de lo más amoroso de la carne y de las palabras”.

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