Estados Unidos sin máscaras

- 07 de febrero de 2017 - 00:00

Mientras la derecha ecuatoriana saludaba la elección presidencial de Donald Trump en EE.UU. ensalzándolo como “un triunfo de la democracia en un país ejemplo de democracia”, como lo dijo Nebot, nuestros migrantes experimentaban durante la campaña un fenómeno aterrador. Sumergido en la privacidad de miles de hogares dispersos a lo largo y ancho del territorio, los(as) militantes silenciosos del supremacismo blanco y neonazismo emergían a la superficie, identificados, cohesionados y legitimados por el discurso racista y discriminatorio de Trump, y, envalentonados, insultaban con odio a los(as) latinos(as), conminándoles a que “vuelvan a México”, como lo muestra el periodista méxico-estadounidense Jorge Ramos, de Univisión, en su documental Hate Rising.

¿Puede este cerco político-étnico sobre los(as) migrantes del tercer mundo ser parte de un ejemplar sistema político democrático como lo proclama la derecha ecuatoriana? Claro que no. Ya sabíamos que EE.UU. nunca ha sido un ejemplo de democracia. Pero eso no era perceptible a primera vista por su pueblo, pues estaba enmascarado en la doble moral, en las sonrisas kolynos de sus gobernantes y en sus imaginarios del melting pot y del ‘sueño americano’. Lo que acontece con Trump es que se le ha caído la máscara al imperio y se ha desnudado de cuerpo entero ante su propio pueblo. Y esa imagen que ese pueblo ve reflejada en el espejo de su Presidente le  horroriza.

Pero esa es la imagen real. Así es el imperio: como Trump. Solo un poder supremacista puede ir por el mundo invadiendo países, desestabilizándolos o bloqueándolos, derrocando gobiernos progresistas y soberanos, apoderándose de sus recursos naturales y destruyendo sus bases materiales, causando un dolor inenarrable a las familias por la pérdida de sus hogares y empleos, que les obliga a migrar al Norte en las condiciones más dramáticas, para encontrarse en esos países causantes de su tragedia, con discursos que les culpabilizan de contaminar la pureza de sus fronteras étnicas y emiten leyes higienizantes y levantan muros humillantes para impedir su ingreso. Son los pájaros disparando contra las escopetas.

Pero esa guerra que EE.UU. ha hecho bombardeando al mundo, hoy el discurso de Trump la ha llevado al corazón de ese país, generando una explosión de respuestas de ese pueblo multicultural que de pronto ‘descubre’ la realidad de sus elites. Y es como si Trump encarnara los límites históricos del imperio expresados en las contradicciones del capitalismo entre proteccionismo y neoliberalismo, concentración y redistribución, voracidad por los recursos naturales y escasez de estos, necesidad de fuerza de trabajo barata y restricciones para su ingreso, democracia y discriminación, legitimidad y represión.

Porque en este momento histórico, para que se haga realidad el proyecto de Trump de proteger las fronteras económicas y étnicas de EE.UU. y consolidar su desgastado poderío imperial, ese país tendría que esclavizar al mundo e instaurar un nuevo apartheid, dentro y fuera de su territorio. (O)

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