Columnista invitado

España y Cataluña

- 30 de septiembre de 2017 - 00:00

En tanto exiliado del 76 en España, no simpatizo con los nacionalismos. Salvo excepciones, cuando se trata de naciones ocupadas o intervenidas por una potencia extranjera. ¿De qué quieren realmente independizarse los catalanes? ¿Del lastre español que les pesa como un exceso de goce que ellos imaginan que financian? La hegemonía alemana sobre Europa no está puesta en juego en este tinglado, cuestión esta que la derecha catalana y el sector de la burguesía independentista tienen muy clara.

Pero a su vez, resulta insoportable y falaz que el Estado español y las fuerzas políticas que lo sostienen, que jamás han hecho nada por afrontar con memoria, verdad y justicia todas las consecuencias reales de la dictadura franquista, pretendan ahora, una vez más, que todo se reabsorba en la legalidad jurídica de un Estado que nunca quiso saber nada del crimen serial franquista.

La historia es el lugar donde lo reprimido reaparece, y nunca de un modo idéntico. Ahora aparece en el independentismo catalán, que a pesar de su posible mitología identitaria, encierra esta verdad: que la readaptación del franquismo a las estructuras democráticas de la transición era portadora de un síntoma que de un modo u otro iba a reaparecer.

El aplastamiento del independentismo y la negativa a pactar un referéndum incrementará la fuerza social y conflictiva de este síntoma. El Estado español y la política del Partido Popular y su asociación con el Partido Socialista jamás han construido la legitimidad para afrontar esta situación.

Ni el Estado español, con su mantra de la unidad y su permanente referencia al Estado de Derecho, ni la Convergencia, con su inconsistente referencia al derecho de autodeterminación, tienen la legitimidad, no la legalidad, para constituir un proceso constituyente que le dé lugar a una nueva República. Por un lado el Estado español reposa en el asesinato franquista y su encubrimiento del régimen del 78, lo que se puede confirmar con el reverdecer del ‘nacionalismo español’ en estos días. Por el otro lado la Convergencia, que cogobernó en distintas ocasiones con el Partido Popular, participó de la corrupción y los ajustes procedentes de ese régimen. A su vez, ambos participan de los mismos dispositivos neoliberales.

Otra cuestión, y esto es decisivo, es que el significante ‘Independencia’, dado el estado de movilización popular, se esté vaciando de sentido y se libere del campo semántico al que pertenecía y se vuelva entonces lo que Laclau designa como un ‘significante en disputa’.

La intromisión represiva del Estado español está logrando que el significante independencia esté virando hacia la cuestión de la democracia, incluso con posibles alcances instituyentes, que sí pueden llegar a poner  en cuestión, tanto el régimen del 78 como la perpetuación neofranquista del Estado español. Es lo que Podemos ha parecido entender, situándose en una encrucijada dificilísima que a veces puede aparecer como ambivalente, pero que aloja una coherencia determinante, no sumándose sin más al independentismo, pero acompañando la lucha en su posible viraje democrático e instituyente. (O)

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